Explotación en la industria textil

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“Obligados a trabajar durante horas agotadoras” es el mensaje que una joven de Gales encontró cosido y escrito a mano en un vestido de la cadena Primark.

La desesperada llamada de auxilio de algún trabajador anónimo de la empresa puso de relieve las verdaderas condiciones en que trabajan millones de personas en todo el mundo.

La industria textil occidental prefiere deslocalizar su producción en países del tercer mundo para obtener mayor rentabilidad. Marcas de ropa como Inditex, Mango o H&M buscan proveedores en zonas de Asia y el Magreb, donde las condiciones laborales son muy laxas y los salarios, los más bajos del mundo.

Al subcontratar en estos países, las grandes empresas no asumen ningún riesgo y se llevan todos los beneficios. Por el contrario, en los talleres textiles de estos países los trabajadores, sobre todo mujeres y niñas, viven en condiciones parecidas a la esclavitud: jornadas laborales de 12 horas y un salario mensual de unos 78 euros es lo que ganan en países como India o Bangladesh.

En este último, hace dos años se produjo el accidente más grave de la historia de la industria textil: 1.100 personas fallecieron tras derrumbarse el edificio Rana Plaza, que albergaba en su mayoría talleres textiles subcontratados por marcas europeas y estadounidenses.

Tras este accidente, la industria textil, presionada por medios de comunicación y organizaciones como la Campaña Ropa Limpia, prometió mejorar las condiciones laborales de sus trabajadores en estos países con el establecimiento de un salario justo y mayor seguridad laboral. Sin embargo, estas promesas han caído en saco roto. Eva Kreisler, miembro de la ONG Ropa Limpia, afirma que a pesar de que la mayoría de las firmas han elaborado sus propios códigos de conducta para evitar los abusos laborales, en la práctica estas empresas no controlan que sus proveedores los cumplan ni se involucran en programas que tratan de coordinar acciones entre empresas.

La explotación laboral es fruto de un sistema capitalista que premia por encima de todo la producción en masa. La demanda cada vez mayor de las tiendas de Europa y Estados Unidos hace que los proveedores de los países más desfavorecidos aumenten su producción hasta límites insospechados. Esto repercute en los trabajadores de las fábricas con un empobrecimiento de sus condiciones laborales.

El establecimiento de un organismo internacional que controle estos abusos y el consumo entendido como un acto político quizá ayuden a que los derechos humanos de los trabajadores comiencen a cumplirse.

 

Sara Mosleh Moreno*

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