Por: Piedad Bonnett

Fabricar silencios

En una hermosa entrevista reciente, el destacado escultor catalán Jaume Plensa dice, refiriéndose al estado actual del mundo: “Hay demasiada polución de mensajes. (…) Hay que reflexionar. En mi caso, la propuesta es el silencio. Porque nunca he querido gritar más que el que grita”.

En efecto, asistimos a un cambio en el estilo de la comunicación que está transformando la sicología colectiva. Ninguna época había estado más lejos del silencio. Lo que impera hoy es el grito, el ruido de la multitud. Basta con entrar a las aguas de internet gritando más fuerte que el otro para obtener la mirada colectiva, el like que se anhela, incluso el insulto, cualquier cosa que le ratifique al sujeto que él existe. Nunca antes el individuo corriente, el ciudadano común, había estado tan necesitado de atención, de validación del otro, de reconocimiento.

Beatriz Sarlo, en su reciente libro La intimidad pública, denomina “famoso del montón” a aquel que, víctima de la compulsión narcisista del momento, se dedica a hacerse notar a toda costa. “El escándalo, dice la autora, es una de las formas de la notoriedad actual, una forma que no exige de sus protagonistas ni calidad ni logros, sino que sean suficientemente conocidos como para convertirse en personajes”. ¿Y cómo se hacen conocidos? De muchas formas. Puede ser empelotándose en Instagram o sumando su voz a la algarabía de cualquier debate o insultando a diestra y siniestra, ojalá con términos escatológicos. El rey de ese imperio es el trol, un engendro de estos tiempos que busca hacerse el importante jodiendo a otros. Según David Brooks en The New York Times, los estudios dicen que los troles “tienen puntajes altos en psicopatía, sadismo y narcisismo. Los medios en línea no los han vuelto despiadados; simplemente lo son. El internet les ha dado una plataforma para usar ese salvajismo en todo su esplendor”. El mundo tiene ahora, como sabemos, un trol mayor a la cabeza, que esta semana, sin ir más lejos, llamó “imbécil pretencioso” al embajador del Reino Unido en su país, y sentenció sobre Theresa May: “Le dije (…) cómo conseguir el acuerdo, pero siguió su propia y ridícula senda y no fue capaz de lograrlo”. Con líderes así, no hay que sorprenderse de que el escándalo sea el gran protagonista de cada día.

Pero resulta que el escándalo es, por naturaleza, efímero. En el torbellino de las redes hasta el más picante y sabroso de ellos está condenado a desdibujarse. Eso angustia al “famoso del montón”, que debe inventarse, rápidamente, otro motivo para perturbar a su público. Y este, ávido de acción, espera con las fauces abiertas a que le den su ración diaria. De esa droga se alimentan los unos y los otros, creando el griterío universal que conocemos.

¿Se puede escapar del ruido mediático sin desconectarse del mundo? Yo creo que sí. Que hay otras formas de conexión, todas más gratificantes, fecundas, profundas. La conversación. La lectura. La contemplación. Y, por supuesto, la obra de arte, cuando esta sabe escapar a la tentación de gritar. (Y no todas lo logran). A eso se refiere, de nuevo, Jaume Plensa, que lo sintetiza muy bien: “Hay demasiado ruido. Mucha confusión. Por eso yo busco fabricar silencios”.

 

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