Por: Pascual Gaviria

Familias en acción

HIJOS, PRIMOS, SOBRINOS, HERMANOS, ahijados, padres, esposos, cuñados…

De verdad parece que el tarjetón de nuestra política fuera uno de esos viejos mosaicos de familia o un árbol genealógico intrincado e incestuoso como el de los Buendía. Para que vean que no me voy por las ramas les pongo un ejemplo con anécdota literaria: María Fernanda Valencia, la candidata a la Cámara por Bogotá que se quedó vestida, es hija de un ex gobernador del Magdalena amigo de patio de escuela de García Márquez. Y así puede saltar uno de gajo en gajo buscando historias domésticas por casi todo el Congreso.

Las pasadas elecciones demostraron que una buena parte de nuestra política es todavía un asunto de clanes, un subgénero de la mnemotecnia colectiva en el que algunos apellidos, ilustres o deslustrados, llevan una ventaja de años en pasacalles, verbenas y sede política con depósito de materiales. Sin jugar al investigador, por simple y llana curiosidad, me dediqué a meter la mano a ciegas en la bolsa negra de los elegidos al Congreso para buscarles un ejemplo de familia. Qué cantidad de esposas abnegadas limpiando el nombre de sus maridos, que conjunto de madres amantísimas apoyando el susurro de la vocación en sus hijos, qué bandada de sobrinos vengando la persecución contra sus tíos políticos, qué manada de primos arrimándose y empujándose hasta el honor de las curules. Sólo las famiempresas de confecciones tienen más sillas y más máquinas que las tribus de emprendedores electorales.

Comienzo mi aburrido crucigrama de apellidos con las grandes electoras. Dilian Francisca Toro recibió hace años el testamento de manos de su esposo Julio César Caicedo. Hace ocho años el ex senador decidió que la política era cosa de mujeres y le dejó el campo a los agüeros de su señora. Olga Lucía Suárez Mira recogió las banderas de su hermano muy ocupado en recoger el cobro de los pasajes de Bellanita de Transportes. Teresa García Romero, la hermana de Álvaro García, será la encargada de empujar al Inpec para que el “Gordo” se sienta como en casa. Maritza Martínez Aristizábal buscará desvirtuar las acusaciones contra su esposo Luis Carlos Torres por concierto para delinquir. Es su revancha. Ese ruido injusto en su propia sala le hizo perder hace unos años la Gobernación del Meta. Piedad Zucardi sabe que los abogados son costosos y que no puede quedarse en la casa mirando para el techo. Su esposo Juan José García ha perdido en abogados lo que había ganado en el servicio público. Arleth Casado de López también es un ejemplo de amor por los votos. Luego de la condena a su esposo Juan Manuel López Cabrales se puso la camisa roja y estuvo cerca de superar los guarismos del hombre de la casa. Entre esas señoras sumaron casi 600.000 votos para sus hogares y sus variados partidos políticos. Pero también hay matrimonios con la suerte trocada. Doris Vega Quiroz, la esposa del desparpajado Luis Alberto Gil, sacó apenas 36.891 votos y se quemó. Sospecho que el señor se puso cicatero la semana antes de las elecciones.

Dirán que me quedé en las señoras sabiendo que hay un sobrino de Mario Uribe elegido en Antioquia, hijos de ex gobernadores de Cesar y La Guajira con buena estrella, hijo de ex gobernador de Santander con suerte de perros y retoño de Enilce López con el carisma de un gato chiquito. Y se me olvidaba la pobre hija del ex alcalde Curi de Cartagena que se quedó con el pecado y sin el género. Y faltan datos de otros municipios.

Está bien, entiendo que ser familiar de un político no es un delito, pero es sin duda una oportunidad para cometerlo.

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