Por: Marc Hofstetter

¡Felices 20 años!

Mediados de 1999. Colombia.

Corren tiempos muy complejos. El sector bancario colombiano se desmorona. Los clientes de créditos hipotecarios, ahogados por los aumentos en las cuotas, pierden sus casas. El desempleo supera el 20 %, casi el doble de la cifra que habría 20 años más tarde y cuyo nivel preocuparía tanto. La violencia insurgente ha llevado al Gobierno a negociar con la principal guerrilla, sin agenda alguna, en una zona del tamaño de Suiza despejada de fuerza pública. La situación fiscal es precaria. Los ingresos de los colombianos presentan el mayor colapso en más de medio siglo. Las cifras de pobreza y distribución de ingreso son penosas. Los colombianos abandonan el país en busca de mejores oportunidades.

Por entre las rendijas de esa gran crisis se cuela una buena noticia. Inesperada. Si bien no fue el producto de políticas diseñadas para que ocurriera, la sabríamos capitalizar. La enorme crisis frenó la demanda de la economía y con ella el impulso de los precios. El Banco de la República esperaba terminar el año 99 con inflación de 15 %. Pero llegamos al dígito. Solitario. Y nunca más en los siguientes 20 años volveríamos a los números de antaño: la inflación desde entonces ha sido de un dígito.

Como siempre ha sido, dirán los millennials que no han visto sino esas cifras en su vida. Pues no. El último cuarto del siglo XX, sin tregua en año alguno, tuvimos inflación de dos dígitos. Vergonzosa a los ojos de hoy. Pero en ese entonces sacábamos pecho. Mirábamos a América Latina, plagada por catástrofes inflacionarias de tres, cuatro y más dígitos anuales y pedíamos aplausos por nuestro 25 o 30 % anual.

Sigue siendo materia de debate si el Banco de la República tomó las mejores decisiones en la época. Su foco monetario fue defender durante un tiempo largo la tasa de cambio que amenazaba con devaluarse con fuerza ante el sinfín de malas nuevas locales y presiones externas. ¡Nadie quería pesos! Esa defensa apretó las condiciones monetarias locales y empujó las tasas de interés a niveles insostenibles. Aún recuerdo mis ahorritos de estudiante sentados en un CDT bancario que rendía 45 % anual. Esas tasas contribuyeron a la quiebra de los endeudados en pesos. Nunca sabremos qué habría pasado si hubieran dejado ir la tasa de cambio. Quizás una hiperdevaluación y una catástrofe inflacionaria, como temía el Banco. Quizás no. Ahora, qué paradoja, dejar ir la tasa de cambio a donde le plazca es un dogma en el Banrep. —Es que absorbe los choques—, nos dice.

Cualquiera sea la verdad, el hecho concreto es que la inflación es desde entonces de un dígito. Culpa de una crisis inevitable o no, ese camino no lo desandamos. Haber llegado allí puede haber sido el resultado de decisiones controversiales. Pero mantenerla en un dígito es un triunfo tecnócrata y el reflejo de un diseño institucional que ha funcionado bien.

¡Felices dos décadas de vida a la inflación baja!

Twitter: @mahofste

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