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Fidel, religioso

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Christopher Hitchens
22 de noviembre de 2008 - 06:05 a. m.
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EN ENERO DE 2009, PARA SER MÁS preciso, en Año Nuevo, se habrá cumplido medio siglo de que los valerosos y barbudos ingresaron a La Habana y desalojaron del poder a Fulgencio Batista y a sus compinches (que se llevaron buena parte del tesoro de Cuba con ellos). Ahora, el jefe de los barbudos es una figura temblorosa, senil, y uno presume que sigue viviendo para estar presente en el 50 aniversario de la “revolución”.

Es bueno señalar que una de las formas en que Fidel pasa el tiempo es en la autoindulgencia religiosa, y especialmente, en la improbable religión de la ortodoxia rusa.

Desde que sus propios intestinos fueron sometidos a un gran trastorno que lo obligó eventualmente a ceder el poder en manos de su no tan joven hermano, Raúl, Fidel Castro ha estado buscando (y ha encontrado con bastante facilidad) una audiencia para sus puntos de vista en la prensa cubana. Por cierto, desde que no puede ya subirse al podio y pronunciar de manera espontánea, y sin interrupciones, un discurso de seis horas de duración, hay dos periódicos controlados por el Estado que no necesitan competir por los derechos a divulgar su columna regular. Basta observar una copia del periódico del Partido Comunista, Granma (descrito por el periodista argentino Jacobo Timerman como “una degradación del acto de leer”) o el periódico de la juventud comunista, Juventud Rebelde, y en cualquiera de ambos órganos se pueden leer los soliloquios moribundos del líder máximo.

Esos artículos consisten, normalmente, en una serie de diatribas estándar acerca de esto y de aquello, pero en ocasiones, algo de lo que dice despierta el interés entre sus resignados lectores. Una de esas instancias ocurrió durante mi visita a la isla el mes pasado. Castro decidió publicar un panegírico a la ortodoxia rusa, dedicar un subsidio estatal a esa religión y recibir a uno de sus representantes. El 21 de octubre, en la columna “Reflexiones de Fidel”, y titulada “La iglesia ortodoxa rusa”, Castro escribió que se trata de “una fuerza espiritual. En momentos críticos de la historia rusa, desempeñó un papel importante. Cuando la Gran Guerra de Rusia comenzó, luego del traicionero ataque nazi, Stalin apeló a ella para lograr el apoyo de los obreros y campesinos que la Revolución de Octubre convirtió en propietarios de las fábricas y de la tierra”.

Esas frases contienen algunos puntos de real interés. Es realmente cierto, por ejemplo, que la iglesia ortodoxa “desempeñó un papel importante” en “momentos críticos de la historia rusa”. Por ejemplo, ofreció garantías clericales a la defensa de la servidumbre y al zarismo, y su antisemitismo delirante dio origen a la fabricación de los famosos Protocolos de los sabios de Sión, que han tenido un efecto horrendo más allá de las fronteras de Rusia. Esa fue una de las razones por las cuales los bolcheviques intentaron romper el poder de la iglesia y por qué la iglesia respaldó la sanguinaria contrarrevolución de los rusos blancos.

Pero Castro prefiere abiertamente a Stalin en lugar de Lenin. Y tal vez por eso alude al ataque nazi contra la Unión Soviética como “traicionero”. Por supuesto, tiene razón en hacerlo, pero eso involucra el torpe reconocimiento de que Stalin y Hitler estaban vinculados por una formal alianza militar contra las democracias hasta 1941 y que Stalin fue más leal al pacto que el “traicionero” Hitler. Y sí, por supuesto, la iglesia ortodoxa rusa respaldó a Stalin, del mismo modo en que Stalin la subsidió luego de 1941. Pero se trata de capítulos vergonzosos en la historia de Rusia, e inclusive en la historia del comunismo y de la cristiandad. ¿Por qué Castro elogia esos momentos tan oscuros?

Y eso empeora todavía más. Tal como Castro escribe en la misma columna, aludiendo al arzobispo ortodoxo ruso Vladimir Gundjaev en Cuba, “Yo he sugerido construir una catedral de la iglesia ortodoxa rusa en la capital de Cuba como un monumento a la amistad ruso-cubana”. Según explicó, durante la construcción de la iglesia fue traída tierra del lugar donde fueron depositados los restos de soldados soviéticos “que murieron en nuestro país durante las decenas de años que prestaron servicios aquí”. ¡Qué extraordinario! Castro escribe como si los soldados soviéticos (o de manera intercambiable los rusos) hubiesen caído en combate en Cuba, y como si el régimen comunista soviético hubiese santificado sus muertes —por vejez, suicidio o enfermedades venéreas, pues nunca hubo guerra alguna— considerándolas una especie de martirio cristiano.

He visitado Cuba muchas veces en las últimas décadas, pero es la primera visita donde escuché a miembros del partido decir abiertamente que no podían ni siquiera adivinar en qué estaba pensando el viejo zopilote. En un almuerzo donde había funcionarios del Ministerio de Cultura, una mujer dijo: “Qué manera de perder dinero. Construimos una catedral para una religión a la cual no pertenece cubano alguno”. Para demostrar que la mujer no era sectaria, añadió mirando por encima de su hombro: “Un amigo me preguntó esta mañana qué era lo que vendría ahora: ¿Un subsidio para los amish?”.

Todas esas son buenas preguntas, pero creo que tienen una fácil respuesta.

Fidel Castro ha dedicado sus últimos 50 años a dos causas: primero, su consagración como un ícono inmortal. Y segundo, su inflexible lealtad con la línea de Moscú. Ahora, “metropolitanos” de la iglesia ortodoxa rusa hacen fila para estrechar su mano, y el régimen de Putin-Medvedev blande sus amenazas de misiles contra el joven Obama como Nikita Khrushchev una vez lo hizo contra el joven Kennedy. La ideología de Moscú no importa mucho, siempre que sea antiestadounidense, y la iglesia ortodoxa rusa ha sido el más devoto y confiable aliado de Putin en su recreación del imperialismo ruso de antigua data. Si alguien desea saber cuán lejos han ido las cosas, basta ver la fotografía de la juramentación del presidente Dmitri Medvedev, cuando besa el santo ícono de su jefe religioso. Putin y Medvedev han señalado con claridad que desean restablecer el rol de Cuba en el hemisferio, aunque sea como un fastidio, mientras esa dictadura militar pueda perdurar. La aparente conversión de Castro en su lecho de muerte a una religión sin adherentes cubanos, sella ese truculento pacto. Eso resulta muy apropiado.

 

*Periodista, comentarista político y crítico literario, reconocido por sus puntos de vista disidentes, su ironía y su agudeza intelectual.c. 2007 WPNI Slate.

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