Fidelidades republicanas

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Cuando los responsables políticos ponen sus fidelidades partidistas, o personales, por encima de la que deben a las instituciones, siembran semillas de destrucción. Hay una especie de vergüenza política que se pone a prueba con ocasión de la defensa de protagonistas de la vida pública cuyos actos se hayan salido del cauce del ejercicio nítido de sus responsabilidades dentro de un estado de derecho. A la hora de tomar decisiones sobre hechos de esa naturaleza, el orden de prioridades, y de fidelidades, debe poner en primer lugar las correspondientes a la defensa del bien común y de unos estándares morales que, por invisibles que parezcan, juegan papel importante en la vida de una nación.

La agresión al Congreso de los Estados Unidos justo en el momento en el que se ocupaba de recibir y refrendar los resultados de la última elección presidencial no podía quedar registrada simplemente como un hecho propio del folclor de la vida política. Alguien tenía que reclamar y promover un juicio de responsabilidades que era, y es, indispensable, en razón de la elemental defensa de las instituciones. Seguramente esa fue la consideración de los demócratas al promover un juicio al expresidente Trump, por haber participado en el proceso que condujo al asalto al capitolio, cuando salió a arengar a los protagonistas para que se dirigieran a ese lugar. La absolución del expresidente, a la luz de los hechos y de los argumentos, deja un déficit importante de fidelidad institucional por parte de senadores republicanos. El precedente puede ser contagioso.

Es entendible que cada uno de los actores políticos que ejercen representación popular en el seno de una corporación legislativa se encuentre en el punto de cruce de fidelidades de diferente índole. Una de ellas proviene del respeto por el sentido del mandato y la lectura del pulso de sus electores, que depositaron la confianza en alguien que represente su punto de vista sobre asuntos de fondo, se supone, y también sobre coyunturas. Parte de la obligación de senadores y representantes es, y no puede dejar de ser, la del cultivo adecuado de su jardín electoral. Y no hay duda de que el tono de la relación con sus votantes, a cuyo cargo estará la renovación del mandato en las siguientes elecciones, juega un papel importante en su comportamiento a la hora de obrar de una u otra manera en el foro congresional.

Existe también una dimensión de fidelidad que corresponde a la cofradía del partido por parte de quienes configuran una bancada cuya vocación es la de obrar, en lo posible, de común acuerdo, sobre la base de principios y posturas que son los que le dan identidad a cada partido y van dejando escrita su tradición y la trayectoria de su historia política. En esta dimensión aparece con frecuencia una cierta obligación de flexibilidad que implica, de vez en cuando, ceder ante el empuje de la mayoría para que el partido pueda dar adecuadamente sus batallas, conforme a estrategias de acción en busca de resultados que, se supone, estén de acuerdo con la esencia de sus proclamas y sus finalidades.

No se puede desconocer que pueden surgir fidelidades personales fruto de coincidencias de opinión, admiración por la capacidad de convocatoria e inclusive por la personalidad arrolladora de alguien capaz de suscitar apoyo entusiasta en el emprendimiento de sus aventuras políticas. Tipo de fidelidad azarosa en cuanto tiende a encontrar fundamento en las emociones, cuando no en propósitos orientados más al beneficio personal que al bien colectivo. Vínculo que conlleva el peligro de caer en el abismo de la abyección, con la disculpa de la lealtad que termina por acompañar los desvaríos y las aventuras hacia los cuales arrastran de vez en cuando las personalidades carismáticas.

Pero existen dos fidelidades supremas: una con las instituciones, con la república como marco fundamental de la vida de una sociedad, sopesadas en su origen fundacional y sostenidas por el tiempo y con el tiempo frente a circunstancias que refrendan su validez, y otra con la propia conciencia, que reclama a toda hora coherencia con principios y convicciones, claridad en las prioridades y observación de una escala normativa de orden moral dentro de la cual mal pueden primar las obligaciones de conveniencia política o disciplina partidista, máxime si van en contra de la verdad o el respeto por las instituciones, o si se orientan a favorecer a alguien en particular, para permitirle quedar por encima de la ley.

En medio de los avatares de la vida política no es extraño que en ocasiones alguien, a la hora de votar en el seno de una corporación política, se vea en medio del cruce de varias o todas las fidelidades anteriores. Entonces aparece la obligación de establecer prioridades que, idealmente, deberían ubicar por encima de todo los fundamentos mismos de la institucionalidad, cuando esta es expresión de un cabal estado de derecho, mientras que en último lugar ha de quedar la fidelidad personal respecto de quien abiertamente se ha salido del marco de los principios de dicho sistema institucional.

Siempre será difícil saber si la mayoría de los congresistas republicanos de los Estados Unidos obraron a lo largo de cuatro años haciendo gala de disciplina partidista o afectación personal como expresión del deseo a ultranza de que el partido permaneciera a cualquier precio en el poder, o si ello obedeció a exigencia expresa de sus electores. Pero su actitud a la hora de votar sobre la responsabilidad del expresidente Trump en los sucesos del 6 de enero deja interrogantes que tienen consecuencias importantes para el futuro político de ese partido y de ese país. Si esos son sus estándares, le restan a los Estados Unidos respetabilidad ante el mundo, que se pregunta cómo es posible que la resistencia de unos senadores republicanos haya dejado pasar impunemente la arenga a una manda de bárbaros para trasladarse al capitolio, a controvertir por la vía de los hechos, y contra toda evidencia, los resultados de una elección.

Jamás se sabrá el contenido del diálogo de cada quién con las voces de su conciencia. Pero, visto desde fuera, el comportamiento de algunos congresistas republicanos contribuye a la degradación generalizada y preocupante de la clase política, que parece no atinar a ver el espectro de sus responsabilidades históricas, por andar pensando en la siguiente elección.

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