Ingreso básico universal, pensando como economista… y filósofo

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Por: Leopoldo Gómez-Ramírez*

Es apenas natural, dados sus objetos de estudio, que a la Filosofía política le interese mucho la justicia ética de una propuesta y, en contraste, a la Economía le interesen más bien su viabilidad y consecuencias; las/os filosofas/os andan mirando al cielo cayéndose en el piso y las/os economistas andan mirando al piso sin disfrutar de los astros que tiritan azules a lo lejos. En la discusión de la propuesta de una renta (ingreso) básica universal es importante no confundir un enfoque con el otro.

Éticamente, parecer difícil argumentar que, ante una crisis de bajos ingresos y alto desempleo forzados por la pandemia del COVID-19, dicha renta sea inmerecida por muchas personas. El famoso “principio de la diferencia” de justicia distributiva de Rawls, maximizar la posición de las personas menos favorecidas, parece muy correcto en una situación en la que ellas están allí forzadas por las consecuencias de la pandemia.

Económicamente, sin embargo, el tema es arduo aún en épocas de pandemia. La primera pregunta, obvia, es ¿quién lo va a financiar? Si la respuesta correcta es, dado que los impuestos van a seguir siendo regresivos, “las/os propios pobres”, entonces la tal renta sería darles por la ventana lo que se les va a quitar después por la puerta. Un ingreso básico que no vaya de la mano de un sistema de impuestos progresivos no es más que un engaño temporal para las personas más desfavorecidas; un caso de lo que se llama “equivalencia ricardiana” en Economía que no está de acuerdo con el principio de la diferencia de Rawls. Y, claro, uno puede creer que las personas más desfavorecidas prefieren recibirlo, aun así, dada su arrolladora urgencia. De acuerdo, pero entonces usemos los términos con ética filosófica y claridad económica: llamémosle préstamo y no ingreso básico.

Una posible solución al problema de su financiación progresiva, sin embargo, me dará la oportunidad de pensar como filósofo, en el sentido que me estoy deliberadamente colocando en el campo de lo que muchas(os) economistas creen son utopías, como a menudo sus comentarios me lo han dejado claro. ¿Qué tal que las naciones trascendieran sus fronteras para financiarlo?

Hagamos simple aritmética. Si se les van a dar 2 USD diarios durante 6 meses a las 3.000 millones de personas menos favorecidas del mundo, el gasto sería de 1,08 millón de millones. Añadiendo el costo de manejar esas transferencias, digamos que ascendería al doble. Total: 2,16 millones de millones. Suena extraordinario, lo sé. ¿Sabe qué? La riqueza mundial al 2018 (datos Banco Mundial) estaba calculada en 85 millones de millones, casi 40 veces los 2,16. ¿Sabe algo más? Con la mitad de la riqueza (datos revista Forbes, 8/06/2020) de los 14 hombres más ricos se podría financiar durante 45 días.

Distinto a lo que muchas/os economistas suelen considerar aceptable, entonces, pensar como filósofo en trascender fronteras nacionales quizás ayuda a clarificar lo beneficioso que sería hacerlo.

* Profesor-investigador (Economía) Universidad del Norte; leopoldog@uninorte.edu.co

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