Por: Piedad Bonnett

Frida Sofía

Hay hechos que, por la forma como se enfrentan, se prestan para numerosas reflexiones. Sucedió con el terremoto de México, inmediatamente después del cual, y para decirlo con palabras de Monsivais, pudimos ver cómo “la sociedad se torna comunidad”. El autor mexicano, que después del sismo del 85 escribió el ensayo “No sin nosotros: los días del terremoto”, habló en ese entonces del “despertar civil y político” que generó la tragedia; 32 años después lo que pudimos ver fue esa conciencia cívica consolidada.

Entre tantos esfuerzos colectivos asistimos, sin embargo, al engaño que nos hizo sufrir por la suerte de Frida Sofía, la niña que supuestamente permanecía viva debajo de los escombros de su escuela, y que luego resultó ser una ficción. Según parece, un socorrista hizo la afirmación, la recogió un almirante de la Armada y una joven periodista, Danielle Dithurbide, de Televisa, la transmitió al público. Es difícil juzgar muy duro, pues todo ocurría muy rápido, y en medio de violentas emociones. Pero, como dice Vladdo, “la culpa no es de las fuentes por informar mal, sino de los periodistas por no verificar bien”. Más increíble aún fue que con el paso de las horas ya Frida había dicho “estoy cansada”, había movido una mano, le habían dado agua, se sabía que estaba con otros niños y que estaba atrapada en un espacio de 45 centímetros.

Más allá de preguntarse de quién es la culpa —rápidamente se convirtió en trending topic el hastag #ApagaTelevisa—, lo que inquieta es cómo se explica que pueda prosperar un infundio tal. Creo haberlo comprendido al ver uno de los noticieros del mediodía. Dos modelos en minifalda y enormes tacones —¿o serían dos periodistas?— se paseaban, a veces sonriendo, como siempre, a veces haciendo cara de circunstancia, comentando las atroces imágenes del terremoto que pasaban atrás; en esas comenzó a sonar una música sentimental y una voz en off elevó un discurso sensiblero y grandilocuente que incluía una loa a México, una descripción del dolor de las víctimas, una arenga sobre cómo la esperanza triunfaría y derrotaría a la muerte, y otros lugares comunes. Enseguida entrevistaron al adolorido colombiano padre de dos niños muertos para preguntarle qué sentía.

Amamos el melodrama. “No me quiten esta tristeza tan buena”, cuentan que decía Manuel Mejía Vallejo. Sucede en muchas partes, pero sobre todo en estos países —como también lo mostró Monsivais— donde es uno de los elementos más usados por la industria cultural, que lo explota como elemento de consumo, sobre todo en la telenovela, su máxima expresión; el melodrama ha estado siempre presente en el tango, la ranchera, el cine, en nuevos formatos importados como los talk shows, y también en la política, donde muchas figuras, para ganar votos, crean sus propios mitos melodramáticos. Pero es infame como manipulación periodística. Como dice Belén Alonso, “el imaginario desplegado en los medios (…) configura un territorio simbólico (…) donde se traman relatos de identidad”. Eso fue la pobre Frida Sofía, con ese nombre tan premeditado: una muestra de sensacionalismo y manipulación mediática. Y algo más: cuando sacaron el cadáver de la maestra, que era la última persona que quedaba en la escuela, nadie se interesó por saber su nombre.

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