Por: Ricardo Bada

Galileo, madame Curie, Rodin

Vaya por delante que para un mercenario de la pluma, sabedor de que las redacciones de diarios y revistas gustan mucho de las efemérides, el tema natural para mi columna de esta semana debiera ser la llamada Revolución de Octubre, en el calendario juliano de la Rusia de los zares; de noviembre en el calendario gregoriano de Occidente. Pero no me siento con uñas para esa guitarra.

La verdad es que hay otras efemérides que me atraen más y que están casi condenadas a pasar desapercibidas si no llamase uno la atención acerca de ellas.

Pienso, por ejemplo, que hace una semana se cumplieron 25 años desde que la Iglesia de Roma decidió por fin rehabilitar a Galileo. El 31 de octubre de 1992, en un discurso del papa Wojtyla a la Academia Pontificia de las Ciencias, semioculta entre hartos considerandos, se encuentra la frase clave: “Es significativo que Galileo, como creyente sincero, fuese más clarividente que sus adversarios teólogos. Le escribió a Benedetto Castelli: ‘Si las Sagradas Escrituras no se pueden equivocar, sí que pueden hacerlo algunos de sus exégetas e intérpretes’”. Siguiendo el ejemplo de Pilatos, la Santa Sede se lava las manos: el estigma que acompañó a Galileo en vida fue culpa de unos exégetas e intérpretes equivocados.

Esta semana tuvimos otra efeméride bien digna de recordación: los 150 años del nacimiento de la científica polaca María Sklodowska, a quien por su matrimonio con un colega francés conocemos como Marie Curie. Una de las personalidades más fascinantes de la historia, no sólo de las ciencias. Y una de las nada más dos personas que han obtenido el Premio Nobel por partida doble: en 1903 el de Física, compartido con su esposo, Pierre, y con Henri Becquerel, los tres tozudos investigadores en el mismo laboratorio, y en 1911 el de Química, esta vez a ella sola. (La otra persona que asimismo obtuvo dos Nobel fue el científico estadounidense Linus Pauling: el de Química en 1954 y el de la Paz en 1962).

Y la semana próxima, el viernes 17, se conmemora el centenario del nacimiento de Auguste Rodin, uno de los más grandes escultores de todos los tiempos, heredero universal del talento de Fidias y Praxíteles, los genios de la escultura helénica, y del coloso Miguel Ángel. Quien alguna vez haya paseado por su casa y el jardín de esculturas que la rodea, hoy Museo Rodin, en París, adquiere conciencia plena y asombrada de cómo la mano del hombre puede llegar a ser asimismo heredera de la mano del Dios de la Biblia; sólo de ella pueden haber salido obras tan perfectas como El pensador, Los burgueses de Calais, El beso, La puerta del infierno, su Balzac inmenso.

Efemérides como estas son las que sí debiéramos celebrar.

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