Por: José Manuel Restrepo

Generacion eléctrica inteligente

En la generación de energía eléctrica, la realidad indica que cada país hace uso de sus ventajas competitivas al buscar un equilibrio óptimo en un trilema que se mueve entre sostenibilidad ambiental (búsqueda de una fuente de energía renovable, preferiblemente, con bajas emisiones de carbono y menor impacto socioambiental), seguridad o confiabilidad en la atención de la demanda (que busca que el recurso para atender la demanda sea relativamente estable) y equidad (que hace referencia al acceso, costos y cobertura del recurso disponible para la generación de energía). Una nación debe lograr una sabia combinación de estos tres componentes para encontrar una respuesta en su planeación energética.

Uno de los debates centrales en el mundo político y económico de hoy lo es el de la generación, distribución y buen aprovechamiento de las fuentes de energía eléctrica en una nación. Palabras como eficiencia, energía limpia, planeamiento energético, dependencia, capacidad instalada y potencial de demanda, entre otras, son asuntos clave en un debate de largo plazo que merece la atención de toda la sociedad. Para no ir muy lejos, basta ver el debate que se presentó recientemente entre el presidente Trump y el expresidente Obama por el plan ambiental de este último (que incluía el asunto de energía eléctrica).

En Colombia, de este tema suele hablarse únicamente cuando vivimos momentos difíciles en los que se presentan dificultades en la oferta. Hace unos meses, como resultado del fenómeno del niño, se puso a prueba nuestro sistema energético y ello reactivó de nuevo las preocupaciones sobre nuestra capacidad de generación de energía eléctrica. Aún recordamos cómo nuestro país tuvo que importar energía de Ecuador para evitar un apagón. Hoy sabemos, por ejemplo, que el 18 % de la energía consumida en el país es transformada en electricidad y, de este consumo, cerca del 70 % proviene de la generación hidráulica y el grueso restante viene de la generación térmica (cerca del 20 %). Hace unos diez años, la distribución tenía una concentración todavía mayor en la hidráulica, con el 80 %, y la térmica era del 14 %. En EE. UU., a diferencia de nuestro caso, el 64 % es térmica; el 20 %, nuclear y el 7 %, hidráulica. El resto incluye un 5 % en energía eólica y 1 % solar.

Por el buen trabajo de la Unidad de Planeación Minero Energética (UPME), hoy sabemos que es indispensable mirar con cuidado lo que viene hacia delante. De seguir como vamos, podríamos empezar a tener un déficit energético en los próximos años, al punto que para, el 2040, el propio BID estima que las necesidades energéticas en Colombia crecerían en un 110 %, lo que requerirá una cantidad sin precedentes de infraestructura adicional para soportar la demanda, y esta estimación puede ser aún mayor en el escenario de un país más desarrollado, más competitivo y más atractivo para los inversionistas internacionales. Justo por eso, este es un buen momento para planificar inteligentemente y actuar a tiempo en la implementación de dicha nueva infraestructura.

En ese camino, Colombia debe, primero, diversificar las fuentes (profundizando en lo eólico y solar hasta donde sea posible) y aún con sistemas más limpios de generación térmica (que hacen uso de nuestra fortaleza carbonífera). Sin embargo, un camino necesario y que responde de mejor manera a otros propósitos esenciales (como el buen manejo del agua, el control de flujos hídricos para el cambio climático y la producción alimentaria), además de ser más eficiente en términos de costos; es justamente aprovechar la ventaja competitiva en generación hidráulica. Colombia es un país privilegiado en su oferta hídrica y, hoy, es el número 4 de 168 naciones en el mundo en generación hidráulica limpia.

La hidroelectricidad puede ser, además, una fuente de potencia de sistemas de riego para la agricultura, puede recuperar zonas afectadas previamente por el conflicto armado en nuevas cuencas hidrográficas y, al recurrir a prácticas sostenibles, puede ser una buena fuente para atender la demanda futura. Pensando en las necesidades de largo plazo de nuestra economía, anticipándose y haciendo las inversiones a tiempo, con una buena planificación, diversificando las fuentes, aprovechando nuestras ventajas competitivas, superando los prejuicios ideológicos y aligerando los excesos en la normatividad ambiental, el país puede evitar en el futuro el riesgo de déficit energético.

jrestrep@gmail.com

@jrestrp

 

 

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