Por: Daniel Mera Villamizar

Gobernabilidad sin mermelada y cambio sin polarización

Los dos grandes retos casi imposibles del presidente Duque.

El gobierno de Iván Duque será de transición, pero no sabemos hacia qué: si i) hacia un populismo de Petro, o ii) hacia la consolidación de un reformismo más o menos liberal.

Se decía que la elección de 2018 era crucial, en el sentido de cruce de caminos, uno u otro. Lo que nadie previó es que Petro sacaría ocho millones de votos y quedaría en suspenso el cruce de caminos hasta 2022.

El análisis de riesgo político de Colombia para los inversionistas internacionales dice ahora que dependerá del gobierno Duque que el país vire hacia el populismo de izquierda en 2022. Es decir, estaremos en observación.

Para adelantar su programa de gobierno, el presidente Duque requerirá una gobernabilidad con partidos que combatían al suyo duramente en el inmediato pasado. Contemporáneamente, la cuestión se ha resuelto con lo que hoy se llama “mermelada” para los congresistas, que deriva en corrupción.

Lo nuevo de este periodo es que si el presidente construye la gobernabilidad con concesiones propicias a la corrupción, la oposición capitalizará la indignación ciudadana para llegar al poder en 2022. Una oposición con notables rasgos antisistema y proclive a ensayar ideas fracasadas.  

Pero no hemos tenido gobernabilidad sin mermelada en los últimos periodos. ¿Cuál será, entonces, el pegamento de la gobernabilidad de Duque?

Habría que descartar una mayoría ideológica con partidos sin convicciones ideológicas fuertes. Para convertir las adhesiones de los partidos en segunda vuelta en una coalición parlamentaria de gobierno efectiva, sin mermelada, habrá que intentarlo por la vía programática con réditos electorales.

Nuestros partidos no son propiamente programáticos y son los candidatos los que corren a armar sus programas para las elecciones, pero hay que pegarse de estos programas para convencerlos de los beneficios de un Ejecutivo que adopte algunas iniciativas a cambio de gobernabilidad.

Sin embargo, si el presidente cumple la promesa de gobernar sin mermelada, más pronto que tarde el sistema político tendrá un terrible estrés debido a las cuentas y los favores sin pagar de los congresistas, que en las elecciones regionales de 2019 también se juegan su supervivencia.

De ahí que muchos observadores apuesten a que el computador clientelista de la Casa de Nariño seguirá funcionando y que por esta vía la clase política tradicional se suicidará con miras a 2022.

El otro reto casi imposible del gobierno Duque es hacer algunos cambios y reformas que ha prometido sin echarle gasolina a la polarización social, que será la estrategia de Petro y de buena parte de la oposición.

El legado de Santos en déficit fiscal, compromisos sin medida y sin financiación adquiridos bajo presión, debilidad del Estado y ese afianzamiento de una cultura política populista hará que al gobierno entrante le resulte todavía más costoso tomar algunas medidas necesarias por austeridad, racionalidad o principios.

El presidente Duque ha prometido acudir al diálogo popular, pero este no es antídoto total contra el conflicto inevitable. Mientras más fuerte sea la resistencia social al gobierno, más gobernabilidad se requerirá, y si los congresistas logran que les den mermelada, la oposición ganará por punta y punta.  

El reto de Iván Duque es extraordinario. Sin reinventar exitosamente la gobernabilidad no podrá avanzar el ciclo de reformas estructurales que necesita el país, pero al final de lo que se tratará es de conservar la posibilidad de hacerlas en el siguiente periodo, ahorrándonos un salto al populismo.

@DanielMeraV

 

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