Por: Nicolás Uribe Rueda

Gobernar con las normas existentes

Parece inquebrantable la decisión del presidente Duque de jugársela a fondo por refundar las relaciones entre el Gobierno y el Congreso, permitiendo así por fin que los partidos recuperen su importancia, el Congreso su independencia y los parlamentarios el papel de representar a sus regiones. Se acabó la época en la que el Legislativo tenía que obedecer las decisiones del Gobierno so pena de no ganar o perder los beneficios que traen las dádivas oficiales. Cada loro en su estaca.

Se extingue pues la aplanadora oficial que se encendía y funcionaba a todo vapor durante el período de gobierno, con apenas los trastornos naturales del inconformismo de quienes se sentían maltratados en comparación con sus compañeros de curul. La aplanadora garantizaba las mayorías para las votaciones, definía el orden del día, archivaba proyectos y hasta elaboraba desde los computadores de los Ministerios las ponencias que se firmaban juiciosamente en el Congreso. Por cierto, la mermelada no solo operaba para garantizar la aprobación de las normas, sino, sobre todo, para perpetuar a la clase política que las recibía, eligiendo primero a sus socios políticos en las elecciones regionales, con cuya mermelada local se garantizaba luego la reelección en el Congreso. Acabar con esta práctica viciosa, el presidente Duque lo tiene claro, es la verdadera reforma a la política.

Sin embargo, la opinión está confundiendo las consecuencias áridas de esta decisión con un síntoma de debilidad política e inexperiencia, como si lo difícil fuera hacer lo mismo de antes, reeditando las prácticas politiqueras del pasado.

Y como ninguna transformación trascendental es parida sin traumatismos, estamos presenciando lo inevitable. De los 41 proyectos que ha presentado el Gobierno desde el 20 de julio, solo cinco están en trámite para segunda vuelta, 19 no tienen ni ponencia y ocho hacen fila para tener apenas su primera discusión. A menos de un mes de la finalización de las sesiones ordinarias del Congreso, no hay ni un solo proyecto presentado por la administración Duque que se haya vuelto ley.

Lo anterior no debe angustiar desde el punto de vista institucional ni avergonzar al Gobierno. Eso sí, el Ejecutivo debe comprender que el éxito de su gestión no depende de cuantas normas logra pasar en el Congreso, sino de qué puede lograr y ejecutar con las leyes existentes. Seamos francos, nuestro país tiene una inflación normativa insoportable que regula ya casi todo de nuestra vida en sociedad. Desde el pasado 20 de julio han sido radicados 431 proyectos de ley, es decir, 3,5 cada día, incluyendo sábados y domingos.

Es pues el momento de que el Gobierno asuma sin pánico escénico las consecuencias de no establecer un diálogo transaccional con el Congreso. Es hora de convertirlo en un activo político ante la opinión. Es tiempo para concentrarse en reglamentar y hacer cumplir las leyes existentes, sin perder más tiempo en intentar la aprobación de nuevas normas que nadie cumplirá. Basta sacar adelante la tributaria y el Plan de Desarrollo. Ahora, para el país, no habrá nada más rentable que la transformación de la cultura política. Y eso, con paciencia, se verá también en las encuestas.

@NicolasUribe

 

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