Por: Eduardo Barajas Sandoval

Gobierno y verdad

El capital político de un gobierno se puede esfumar súbitamente cuando se descubre que ha faltado a la verdad. No hay “ahorro” de prestigio que valga para que pueda escapar del castigo que representa la pérdida de la confianza popular. Salvo que las instituciones contemplen procedimientos de limpieza total, y de renovación, después de la mentira, tanto gobierno como ciudadanía terminan navegando en la nave maltrecha de un Estado sin poderío moral. 

El manejo de situaciones de crisis no solamente pone a prueba la capacidad de los gobiernos para solucionar problemas, sino su fidelidad a la obligación de ser veraces y, en consecuencia, dignos de credibilidad y confianza. También pone a prueba la capacidad ciudadana para juzgar situaciones a partir del ejercicio de la vigilancia que le corresponde sobre los actos de los responsables de oficios públicos, que merecen el castigo popular cuando faltan a la verdad.

Ha habido quienes consideran, con base en la experiencia de muchos incidentes, que las acciones desatadas, a instancias de Irán, en contra de la embajada de los Estados Unidos en Bagdad, formaban parte de una estrategia que tendría por objeto no solamente hostilizar la presencia en ese escenario del país que propició la catástrofe de la destrucción del orden en toda la región, sino unificar a la nación iraní.

Nada más efectivo que movilizar al país en contra de una potencia externa a la que el régimen teocrático ha convertido desde un principio en su enemigo común, con el efecto interno de mermar el ritmo de la reciente oleada de manifestaciones de inconformidad contra el régimen. En todo caso, se hubiese tratado o no de una estrategia deliberada en ese sentido, el asesinato del general Suleimani, uno de los personajes más populares de Irán, que conforme a la sui generis organización de la República Islámica jugaba un papel definitivo para el prestigio regional del régimen, se convirtió en multiplicador del fervor popular en torno al gobierno.

Las calles estaban otra vez llenas de entusiastas defensores de la República, y en contra de Donald Trump, quien había ordenado fríamente la emboscada con el uso de una tecnología apabullante, capaz de motivar un rechazo generalizado. Y fue entonces, en ese momento de calles llenas, cuando se presentó la equivocación iraní de disparar un cohete contra un avión comercial. Al error se vino a sumar la mentira, representada primero en el ocultamiento del hecho y luego en su negación, para tener que salir más tarde a reconocerlo todo, ante la contundencia de los argumentos en contra de la precaria y dudosa explicación oficial.

La toma de decisiones equivocadas nunca es deseable, pero se puede dar como consecuencia de la condición humana. Por ello puede inclusive llegar a ser entendida, y hasta perdonada, si los propios actores reconocen sus faltas y sobre todo si corrigen las consecuencias; cuando se pueden corregir. La mentira, en cambio, nunca ha dejado de ser fuente de desencanto y rechazo popular. Por eso las decisiones equivocadas se convierten en catastróficas y pueden llevar a la ruina política, cuando al mismo tiempo se oculta la verdad. 

En regímenes democráticos existe por definición el mecanismo ideal para corregir las faltas de los funcionarios respecto de su obligación de veracidad: cuando caen en la mentira, se tienen que ir, sin perjuicio de las responsabilidades que se deriven de su juzgamiento. Llegan otros, de trayectoria depurada, y la relación entre gobierno y ciudadanía puede quedar restablecida. 

En regímenes de dudosa presencia de Estado de Derecho, sea porque son un remedo del mismo o porque obedecen a algún modelo sui generis de configuración del poder, la omisión de la verdad conlleva el desprestigio del gobierno, pero además la gente tiene que soportar el castigo de la continuidad de gobiernos desgastados, sea porque no renuncian, o porque el sistema se considera infalible, o inmodificable, y se van quedando en el poder, en ambos casos contra toda evidencia. 

Con los incidentes de los últimos días, el régimen iraní ha visto afectada en primer lugar su credibilidad interna, medida en las protestas de numerosos ciudadanos que condenan la forma como manejó los hechos, y llegan a pedir inclusive la renuncia del Supremo Conductor de la Revolución. Con el agravante de que la eventual represión de las protestas podría conducir a nuevas equivocaciones y ocultamientos, ante la mirada del mundo entero, escrutadora y desconfiada, sobre la base del intento de engaño con motivo del caso del cohete contra el avión.

Donald Trump, que de manera voluntaria o no podía tener por su parte apuestas de manipulación de la opinión montadas en torno a la confrontación con los iraníes, se queda por ahora con el aplauso de sus seguidores radicales, que pueden encontrar en la lógica de su actuación nuevos argumentos para apoyarlo en la carrera presidencial. Son pocos quienes retornan al incidente de la orden de matar a un líder de potencia extranjera y jactarse de la consumación del hecho. Mientras se conocen nuevos detalles.

Falta por ver en qué otras formas la verdad ha podido ser víctima, por ambas partes, en la danza macabra de los aparentes preparativos de una guerra de características insospechadas, con la que veladamente nos han amenazado, y que a lo mejor no se va a dar.

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