Por: Julio César Londoño

A grandes males, malas respuestas

Las respuestas del Senado, de Semana y de su codueño Felipe López no pudieron ser peores. El editorial del domingo es un desastre desde la primera línea: “Lamentamos la salida de Daniel Coronell, cuyas columnas exaltaron los contenidos de la revista”. No. Coronell no salió, lo salieron, y nunca exaltó nada. Al contrario, lo echaron por criticar los contenidos. El editorial, que no fue escrito por su director (se lo volvieron a saltar), califica como “sobresaliente” el trabajo de Coronell y reconoce que se cometieron cuatro errores gruesos en la investigación de los hechos denunciados por The New York Times. Es decir, que la revista se equivocó, que Coronell tenía razón al cuestionarla y que por lo tanto había que salir del sobresaliente. Pura lógica moderna.

Las repuestas de Felipe López están a la altura del editorial. Afirma que la investigación no se publicó porque a) “en ese momento no había muertos” que pudieran atribuirse a la peligrosa directriz del Ejército; b) aparecieron elementos nuevos que la redacción debía sopesar. Cuando le preguntan cuáles son esos elementos, reconoce que no está al tanto de los contenidos. Cuando le preguntan si es cierto que almorzó con Duque, Gilinski y María López (su hija y presidente de Semana), el distante príncipe no disimula su fatiga ni su fastidio: “Yo almuerzo con mucha gente, con presidentes, ministros… es parte del trabajo. Pero no para discutir qué sale o no en la revista”.

Resumiendo, Semana engavetó por cuatro meses información crucial porque estaba esperando que la directriz produjera muertos, y a causa de unos “elementos nuevos” que el hombre mejor informado de Colombia desconoce, a pesar de que se trata de un suceso que amenaza la vida de los colombianos y la suerte de su empresa.

Encima, pretende convencernos de que almorzó en la Casa de Nariño sin tocar el chicharrón que tenían sobre la mesa.

Ah, y que “los Gilinski no se meten” con los contenidos. Enternecedor.

No explica López, ni el editorial, por qué consultaron a Jorge Mario Eastman, un exvicemindefensa, y no al mindefensa, ni al presidente ni a Uribe, el supremo. O a Nicacio Martínez, el general ascendido el jueves y ahora con cuatro soles negros en sus charreteras, la demostración palpable de que los falsos positivos sí pagan y que los incentivos de la funesta directriz funcionan a toda máquina.

A veces, entre bobada y cinismo, a López se le zafa una verdad. Dice que Coronell salió de la revista porque se perdió la confianza. Es cierto. Semana tiene engavetado desde enero un reportaje por intereses que considera superiores a la vida de los colombianos; sus fuentes, oficiales que honran a las FF. AA., perdieron la confianza en Semana por el dilatado retraso en la publicación del reportaje y acudieron a The New York Times; Coronell perdió confianza en ella y acudió a sus lectores, y los lectores seguimos a la espera de la superexhaustiva investigación para recuperar la confianza que por muchos años nos ha merecido.

Notas finales. Señores senadores: ¿era necesario exaltar al general Nicacio justo ahora?

Señora María Jimena Duzán, señor Antonio Caballero: dar tantas vueltas políticamente correctas en sus columnas para quedar bien con Dios y con el Diablo, y reducirlo todo a un choque de arrogancias, Coronell contra López, es de una ligereza que raya en el cretinismo.

Directores de los medios: ¿no les da vergüenza que los periódicos extranjeros se les adelanten con tanta frecuencia, y por meses, y en asuntos tan cruciales para los destinos del país? ¡En qué galaxia viven! ¡A quién diablos sirven! De una cosa pueden estar seguros: les están haciendo un flaco favor a la paz, a Colombia y a sus Fuerzas Armadas.

 

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