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La llegada de Colón al nuevo mundo marcó el comienzo del fin para los pueblos nativos americanos.
Después de cinco siglos de exterminio, del “Reich de 500 años”, como denominó el historiador alemán Bruni Höfer al genocidio perpetrado por los europeos, incontables poblaciones aborígenes fueron aniquiladas, y las pocas que sobrevivieron fueron diezmadas hasta casi desaparecer.
A pesar del holocausto, en Colombia todavía subsisten 90 pueblos indígenas diseminados a lo largo del territorio nacional, que aferrados a su cultura se resisten a ser absorbidos dentro de una sociedad mayoritaria. La situación que hoy viven estas comunidades no podría ser más paradójica. Para dar un ejemplo, muchos de los jóvenes arhuacos de la Sierra Nevada usan teléfonos celulares, y tienen acceso a Internet, mientras que viven de la misma manera como lo hacían sus ancestros precolombinos hace siglos.
El choque cultural que experimentan los indígenas al llegar a las grandes capitales con el propósito de cursar estudios universitarios ha sido plasmado en el documental Hijos de la madre Tierra, concebido por la socióloga de la Universidad Nacional, María Eugenia Aristizábal. Un estudio complementario muestra que la mayoría de estos jóvenes fracasan en su tentativa de adquirir una educación superior, por razones no del todo claras, pero que sin duda tienen que ver con las enormes dificultades para adaptarse a una cultura foránea, sumadas a las secuelas de haber crecido en un entorno donde el estimulo intelectual temprano es muy pobre.
Muchos académicos dan por sentado que todo tipo de intromisión cultural es una afrenta, una conducta reprochable que nace del deseo de imponer los valores occidentales por considerarlos de alguna forma “superiores”. Y la desconfianza es razonable al ver los estragos que ha causado el mal llamado proceso de “culturización”. Para citar un caso, a comienzos del siglo XX un grupo de misioneros capuchinos fue enviado a la Sierra Nevada con el propósito de “culturizar” a las poblaciones nativas. Al poco tiempo, los misioneros habían construido un internado --que todavía se conserva-- para evangelizar a los niños, llamado originalmente “el orfanato”, regido por un régimen severo que incluía trabajos forzados, y que prohibía la enseñanza de la cultura autóctona.
No hay ninguna razón para pensar que toda intromisión cultural es necesariamente perjudicial. No es lo mismo querer cambiar las costumbres o la religión de un pueblo con el ánimo de subyugar a sus individuos, que proporcionarles conocimientos útiles, o asistencia médica, o humanitaria. Los antibióticos, las vacunas, los anestésicos, la cirugía y los cuidados odontológicos han mejorado universalmente la calidad de vida, porque el dolor, el sufrimiento y la enfermedad son igualmente indeseables en cualquier lugar del planeta.
Movidos por el deseo de proteger a las minorías más vulnerables, muchos antropólogos han optado por una ideología que sostiene que lo “bueno” y lo “malo” son constructos sociales sujetos a cada perspectiva cultural. Esto significa que ningún sistema ético puede ser considerado "mejor" o "peor”, y que por tanto debemos respetar y tolerar las prácticas y costumbres de otras sociedades, sin importar cuán abominables puedan parecernos desde la propia perspectiva cultura.
Es evidente que cierta dosis de relativismo es esencial si se quiere comprender la historia, la sicología o la moral de otras sociedades. Pero creer que pueda existir un relativismo absoluto sería como pensar que la afirmación “está de día” carece de sentido, por el simple hecho de que es imposible precisar a qué hora exactamente termina el día y comienza la noche.
De otro lado, un examen lógico simple revela que cualquier forma absoluta de relativismo cultural carga una contradicción inherente que termina erosionando las intenciones originales de sus proponentes: si no existen principios éticos universales (lo cual es un hecho empírico falso) y estamos dispuestos a tolerar prácticas salvajes como la ablación del clítoris, o consentir que los yanomamos puedan mutilar a sus esposas si sospechan que han sido infieles, debemos igualmente aceptar que es legítimo que un marido celoso golpee brutalmente a su esposa. O tolerar a los violadores y pederastas; o transigir con prácticas eugenésicas como la esterilización forzosa de personas con defectos genéticos, porque en cualquiera de estos casos siempre habrá individuos con principios morales distintos a los nuestros que consideren estas conductas legítimas, o convenientes.
Es sorprendente que muchos intelectuales no se percaten de una contradicción tan elemental como esa. Y que tampoco estén conscientes de una paradoja aun más evidente: el principio que señala que “todo juicio de valor es relativo”, es a su vez un juicio de valor; pero absoluto, y por tanto se contradice a sí mismo.
