Por: William Ospina

Guido

He vuelto a soñar con Guido Riveros. A finales de siglo, era embajador de Bolivia en Colombia y nos invitó, a Arturo Guerrero y a mí, a un viaje inolvidable por su país, donde conocimos a la periodista Lupe Cajiao y al escritor Juan Claudio Lechín.

Bolivia es el país más sorprendente. Lejos de los océanos, posee sin embargo un mar azul, el más alto del mundo. La Paz es una ciudad fantástica, que desciende casi en espiral desde los 4.000 metros de altura y se va escalonando como un sueño de modo que en algún momento hay ciudad arriba, en los peñascos, hay ciudad alrededor, hay ciudad abajo en las profundidades, y por las bocacalles inesperadas asoma, como el rostro de un dios, la cara deslumbrante de Inti Illimani, la montaña nevada.

Con Guido y otros amigos atravesamos un día la ciudad, en un ascenso de vértigo, para ver muy arriba en su plenitud el Illimani, la montaña sagrada. Tomamos vino en las alturas, le cantamos al dios y yo dije en su honor algunos versos de Morada al Sur de Aurelio Arturo, el gran poeta colombiano.

Uno vuelve de Bolivia lleno de asombro y de gratitud. Recuerdo que conocimos allí al presidente Carlos Mesa, que tenía entonces un programa de televisión, y a quien volví a encontrar una noche en el Museo del Prado, en Madrid. Guido Riveros era generoso, hospitalario, entusiasta, conocía bien su país y amaba revelarlo y compartirlo.

Años después estaba yo en la India, invitado a un diálogo de civilizaciones por el Ministerio de Asuntos Humanos. Un día nos propusieron a los asistentes del mundo entero inscribirnos para un viaje especial de cortesía al Taj Mahal. Yo imaginé que decenas de personas iban a participar de esa aventura y me inscribí con entusiasmo, pero al llegar en la mañana al hall del hotel, donde un enorme Shiva de bronce danzaba entre un aro de fuego, descubrí que sólo cuatro personas nos habíamos inscrito para el viaje.

Ya iba yo en el automóvil, resignado al silencio que imponen esos trayectos con desconocidos de quién sabe qué países, cuando el primero de los viajeros, enterado de mi idioma, empezó a hablarme en español. Era un diplomático austriaco, su esposa organizaba eventos literarios. ¿No había estado yo nunca en Viena? Le dije que no, que el año anterior había recibido una invitación a un certamen de poesía, pero no había podido asistir. “Fue mi esposa quien lo invitó”, me dijo.

Sentí el asombro de que entre esas personas casuales del mundo lejano yo tuviera una relación, por vaga que fuera, con este compañero de viaje. Entonces el segundo viajero, que había estado en silencio, me habló también en español, y me dijo: “Usted me parece conocido. ¿Ha estado alguna vez en Bolivia?”. Era el ministro de Educación. Le dije que sólo una vez había estado en su país, por unos pocos días, pero que ni siquiera había estado en un hotel sino hospedado en casa de un amigo. “Claro, ahora lo recuerdo”, me dijo, “estuvimos juntos en casa de Guido Riveros, en una recepción que ofrecieron”.

El asombro creció, de tres viajeros reunidos por azar en el otro extremo del mundo, con dos ya tenía alguna relación desde antes. Entonces miré con temor al tercer hombre: si resultaba conocido, sin duda yo no estaba en la India, como creía, sino perdido en un sueño. Por fortuna el hombre, que después supimos que era un teólogo chipriota, hablaba y hablaba en griego por su teléfono móvil con alguien en Nicosia, y ni siquiera se volvió a mirarnos.

Pero el recuerdo de Guido Riveros me acompañó el resto del viaje. En 2007 le conté que iba de gira presentando una novela, y me invitó a pasar de nuevo un par de días en Bolivia. Ahora estuvimos poco tiempo en La Paz. Viajamos a Santa Cruz de la Sierra y Bolivia volvió a sorprenderme: lo que yo sólo veía como un país andino, de dioses blancos y mares celestes, era una llanura interminable, a medias amazónica y a medias dilatada hacia la pampa, y visitamos los templos de las misiones jesuíticas.

Después no volví a recibir noticias de Guido. Todo parecía indicar que me había olvidado. Era algo más serio: había muerto. Me lo dijo por fin un boliviano que conocí en Resistencia. Entonces una noche soñé con Guido. Íbamos de nuevo ascendiendo por las pendientes calles de La Paz hacia aquel paso en los altos montañosos desde donde se ve el Illimani. Viví de nuevo la escena de nuestro homenaje al dios nevado: vi, como sólo se ve en los sueños, la montaña de hielo, y en algún momento me tendí en la tierra para contemplar, desde una cornisa vertiginosa, el paisaje increíble de la ciudad descolgándose por las paredes de la cordillera hacia el abismo.

Ahora he vuelto a soñar con Guido. Se disponía a abandonar la embajada para regresar a su país, y a medida que hablaba, iba sacando de unos cofres viejas efigies de un pasado milenario, como si las palabras se convirtieran en objetos, en personas, en caballos, en adornos de piedra. Desperté con la sensación de que nuestra memoria está llena de tesoros inadvertidos y de mundos guardados. Y me dije, como alguna vez hablando de la infancia: “Es Bolivia, es Bolivia que vuelve”.

 

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