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Un día como hoy, una mañana soleada, el mismo día de difuntos, en la misma calle de la Sergio Arboleda, resonaron los disparos que asesinaron a Gómez. No al fogoso líder que fue Laureano Gómez, quien corrió todos los riesgos con su discurso político, en tiempos que no eran de narcotráfico y guerrilla. Le correspondió esta mala suerte a su hijo, igualmente un pulquérrimo hombre de Estado, de temple moderado y conviviente, pero de la misma manera azotado por la pasión de sus contrarios.

Una prima me contó, atónita, que avanzaba en su auto por la carrera 15 –ya ella estaba mayor y no conducía–, cuando a la altura de la 74 escuchó los...

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