Hambre, la peste que vendrá

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Me temo, con fundadas razones, que la próxima por venir, más larga y letal en unas naciones y núcleos humanos que en otros, será la peste del hambre, cuya advertencia está dejando asomar ésta del Covid-19, sin que nos hayamos percatado ni dados por aludidos.

Ni siquiera los enjambres de langostas que hoy recorren el mundo, primer aviso de la peste, nos han alertado de cuanto está por sobrevenir a la humanidad y de cuan devastadora será ésta que, a diferencia de todas las pestes que la han asolado y diezmado, tiene la particularidad de advertirse, controlarse y reducirse en su catastrófico paso por naciones y territorios.

Sin embargo, ni gobiernos ni Estados locales, ni organismos multilaterales, FAO, solo por citar los primeros que debieron encender las alarmas, han reaccionado ni anticipado estrategias y medidas frente a situaciones de impacto universal que, de igual manera, las demandan colectiva y solidariamente para controlar la devastación que en todos los órdenes traen consigo a la sociedad humana este tipo de desastres.

En Colombia, digámoslo sin alarmismo, están dadas las condiciones básicas para que el virus del hambre encuentre el hábitat propicio para desarrollarse y propagarse sin límite ni control: el histórico y cada vez más creciente déficit en la producción de alimentos y su inestable acceso a millones de compatriotas, se erige en la variable más significativa entre todas las que van a ser determinantes para caer en la trampa mortal del hambre.

Bástenos señalar, entre las variables que en nuestro país predisponen históricamente a la inseguridad alimentaria, la concentración de la propiedad de la tierra, su uso y disponibilidad como factor básico de su producción, del cual las más aptas se destinan hoy en su mayor área a la ganadería extensiva y a los cultivos industriales de palma africana y caña de azúcar, además de las “relaciones de servidumbre” (Kalmanovitz), aparcero, colono, arrendatario, derivadas de aquella concentración y subsistentes aún en regiones como la Costa Caribe, cuyo efecto negativo se materializa de manera categórica en la producción, distribución y el consumo de alimentos.

Cuanto deja ver la cuantiosa importación anual de alimentos que consumimos los colombianos, es que ni siquiera sembramos lo que nos comemos: en total importamos 14 millones de toneladas: el 100% del garbanzo y la lenteja, 800 mil toneladas de trigo, 1,4 millones de toneladas de soya, 5, 5 millones de toneladas de maíz, 80 mil toneladas de leche, 40 mil toneladas de papa congelada, 120 mil toneladas de arroz, 80 mil toneladas de carne de cerdo, 250 millones de dólares en leguminosas, además de cebada, carne de res, pescado y pollo, cuyo costo total anual oscila entre 7 mil y 9 mil millones de dólares.

Pero del mismo modo que están dadas todas las condiciones para incubar el virus del hambre, también es cierto que lo están, y a la mano, la vacuna y todos los tratamientos demandados para su control y erradicación: la tierra como factor de producción regulado en su uso y propiedad, los campesinos para trabajarla, la tecnología, la ciencia y el crédito como coadyuvantes de primera magnitud en los emprendimientos agrícolas, y demás factores que implica el proceso productivo y el encadenamiento de la demanda y el consumo.

Solo que producir la vacuna requiere unos protocolos, un responsable, voluntad política y la determinación irrevocable de hacerlo, es decir la promulgación y puesta en marcha inmediata de la política pública de seguridad alimentaria por el Gobierno y el Ministerio de Agricultura, el consenso solidario entre las distintas fuerzas que conforman el espectro político nacional, social, económico, gremial, sindical. Así mismo, el de los organismos multilaterales del sector, FAO, de tal manera que en el menor tiempo se obtengan los resultados que den en contener la pandemia del hambre en nuestro país y servir de apoyo y referente a nuestros vecinos.

Entre hacer o no cuanto corresponde, solo media la peste que sobrevendrá si se omite el correspondiente tratamiento en la primera fase del contagio que, de extenderse por omitirlo, será en las calles en donde se librará la batalla por la sobrevivencia de los millones de colombianos contagiados.

* Poeta.

@CristoGarciaTap

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