Hay que dejar atrás los anacronismos

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Frente a situaciones y exigencias del siglo XXI hay gobernantes que obran como si viviéramos varios siglos atrás. Como si gobernar consistiera todavía en sentarse o parapetarse en oficinas distantes a dar órdenes, con la esperanza de que los demás acaten, porque sí. Sin cuestionamientos. Visión primitiva del ejercicio del mando que por inútil conduce a su caducidad.

En Francia dicen que puede haber presidentes Júpiter, que lanzan rayos en forma de decretos e imparten instrucciones desde una altura olímpica, y que hay presidentes Mercurio, con alitas en los pies, que vuelan de problema en problema, apareciendo en las pantallas lo más que pueden, con el ánimo de responder y satisfacer a todo el mundo. También los hay que tratan de dar el salto de uno a otro modelo, pero siempre quedan mal, pues un Júpiter descendido de los cielos para jugar a lo que no es, suscita sospechas de hipocresía, y un Mercurio que de pronto se pone duro todo lo que consigue es hacer reír.

Circunstancias excepcionales, con efectos devastadores, como una guerra, una invasión o una catástrofe natural, suelen elevar al máximo los requerimientos a los gobernantes. Al mismo tiempo, claro está, elevan las exigencias a los diferentes sectores de la sociedad. Entonces se espera que, sin excepción, los protagonistas de la vida nacional busquen ponerse de acuerdo sobre la forma de salir de problemas que tienen mil caras y exigen la acción de los más diversos actores. Problemas que desbordan la simple acción de una administración que, en regímenes democráticos, siempre será pasajera.

La irrupción del coronavirus tomó a la mayoría de los gobiernos y de los pueblos por sorpresa, a pesar de que la Organización Mundial de la Salud había advertido sobre su ocurrencia, dentro de los 13 desafíos de salud de la década, cuando dijo que “Una pandemia de un nuevo virus altamente infeccioso en el aire, muy probablemente una cepa de gripe, a la que la mayoría de las personas carece de inmunidad, es inevitable”, y agregaba que “no se trata de si otra pandemia atacará, sino cuándo y cuánto atacará, ya que se extenderá rápidamente y potencialmente amenazará a millones de vidas”.

Aunque se trataba de una tragedia advertida, la atención de la pandemia obligó a los gobiernos a abandonar sus programas originales, sus políticas, su tradición de intervenir con más o menos fuerza en la economía o en la actividad ciudadana y su vocación de suplir o no necesidades primarias de la sociedad. Prácticamente todos tuvieron que inventar y echar a andar fórmulas que no habían previsto. Los nacionales, los regionales y los locales. Todos los cronómetros a cero, y en muchos casos los presupuestos también. Nadie estaba preparado. De ahí la feria mundial de la improvisación.

Las medidas tomadas produjeron diferentes efectos ante el ataque inclemente de un enemigo común. Un extranjero total. Un “alien” que puso a prueba no solamente la resistencia, sino la conciencia, la solidaridad y la disciplina de cada sociedad. Frente a ello, mientras las más disciplinadas, las que han soportado invasiones, guerras y catástrofes mayores, han podido mal que bien enfrentar solidariamente a un enemigo que se combate de manera peculiar. Otras, acostumbradas a obedecer pero no cumplir, apenas han ahondado el abismo que las separa de una solución. Con lo cual se ha puesto en evidencia que, así como hay gobiernos anacrónicos, existen también sociedades anacrónicas que suelen esperar, del gobierno que sea, soluciones que no está en capacidad de proveer exitosamente sin la colaboración ciudadana.

Nadie parece estar satisfecho. Ni los gobiernos, aun los más prestigiosos, que no pudieron seguir con sus proyectos originales, ni los ciudadanos, que han tenido que abandonar su modus vivendi cotidiano, para inventar no solamente nuevas formas de actuar, dentro de tremendas limitaciones, sino en muchos casos nuevas formas de sobrevivir. Con el consecuente impacto en sus proyectos, sus ilusiones y sus sueños. Todo animado por el festín de los medios, tradicionales o nuevos. Los primeros en algunos casos con la manía desbordada de calificar las noticias antes de darlas, como si el criterio de los ciudadanos fuera tan precario para pensar por su cuenta. Los segundos con su explosión de verdades, chistes, curiosidades, pseudociencia, miedo y basura.

Desde un principio era bien sabido que el reto de afrontar el asalto de la pandemia estaría seguido, tarde o temprano, del esfuerzo de la reconstrucción. Tarea difícil, orientada a recomponer un complejo tejido de bienes, servicios, beneficios, confianza, bienestar y estado de ánimo, como en ocasiones ha sido necesario después de todo ataque devastador, guerra u ocupación extranjera. Prueba inédita en muchos países para los gobiernos y para la sociedad. Y es aquí donde en algunos casos sorprende ver cómo concurren, y chocan, el vértigo del ejercicio del poder y el vértigo del desacato. Todos tratando de cerrar un paréntesis que jamás se abrió, al que han debido convocar los gobiernos para acordar la forma de afrontar el paso del túnel. Paréntesis que terminaron decretando los hechos y que ahora hay que cerrar bajo la inclemencia de funcionarios que obran como si estuvieran gobernando un país imaginario, y de ciudadanos que esperan decisiones de un gobierno ideal.

Ni Júpiter, ni Mercurio, ni los dos, pueden salir de todo esto a punta del ejercicio anacrónico del poder. No se pueden olvidar de las opiniones, los intereses y las capacidades reales de todos los demás. No pueden seguir como si estuvieran solos, dando órdenes y aplicando con omnipotencia fórmulas sin tener en cuenta los sacrificios sociales ni la inequidad que conllevan las acciones quirúrgicas y frías de quienes solamente sirven para hace ajustes en el papel. Como si todos los demás tuvieran simplemente la obligación política y moral de obedecer. Tampoco, claro está, se puede salir de todo esto con un ejercicio retrógrado de la ciudadanía, que caiga en la contradicción de esperarlo todo de gobiernos a los que por otra parte ni entiende ni quiere entender.

Uno de los avances más importantes de la democracia, más allá del de convocar a los ciudadanos para que voten, y darles razones válidas para convencerlos, es el de mantener un diálogo con todos los sectores representativos de la sociedad, comenzando con la oposición. Diálogo que, bajo las circunstancias de un asalto a la integridad nacional y a los hogares de todos los habitantes de un país, resulta obligatorio. Así como resulta arcaico, ineficiente, antidemocrático y hasta ridículo, pretender actuar como si no hubiera pasado nada. Como si bastara con seguir gobernando, sin tener la sensibilidad de auscultar los sentimientos ciudadanos para configurar, por difícil que sea intentarlo, y aún más conseguirlo, un gran acuerdo nacional.

Los estadistas, aunque de pronto no los administradores que llegan al ejercicio del mando para aprender, entienden con sencillez que, en el esfuerzo por salir de una crisis que lo ha afectado todo, es premisa fundamental el contacto en busca de consensos, sobre la base de la discusión de puntos de vista diferentes, que se han de expresar con respeto, responsabilidad, visión de futuro y el mayor interés en hallar soluciones practicables que deben implicar esfuerzos proporcionales a la capacidad de cada quién. No intentar siquiera ese consenso, para que de allí salga un pacto nacional, acorde con las necesidades del respectivo país, es una equivocación histórica, un mal ejemplo y un camino equivocado. Particularmente para quienes predican por ahí que “es preciso ubicarse a tiempo del lado correcto de la historia”.

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