Por: William Ospina

Hay viento y hay cenizas en el viento

Chile. Las personas sienten de pronto un humo en la atmósfera. Los medios y las redes sociales les cuentan que no es un fuego cercano, como los que a veces arrasan los bosques entre Valparaíso y Santiago, sino que ese humo está llegando de Australia. No es un incendio pequeño sino una conflagración inmensa, capaz de llevar su humareda hasta el otro extremo del mundo.

Nuestra madre tierra está en llamas, una joven venida del hielo nos lo dice hace meses, y hasta los accidentes de la historia parecen recordarlo. Hay símbolos que trabajan en nuestro inconsciente. Los dos temas más consultados en 2019 en la red planetaria fueron el incendio de la catedral de Notre Dame y la campaña de la joven activista sueca Greta Thunberg, nombrada por la revista Time personaje del año, ante la frívola indignación del inefable Donald Trump.

Trump, en su club de golf en Mar-a-Lago, Florida, no estaba pensando en el fuego de Australia sino en el de los drones con los que su estado mayor había decidido asesinar a Qasem Soleimani, el militar más poderoso de Irán, sembrando en el comienzo del año otra semilla de apocalipsis.

Y en el mismo momento en que los militares norteamericanos diseñaban su operación de exterminio con drones, 2.000 drones luminosos en la bahía de Shangai saludaban al año nuevo dibujando en el cielo un hombre, un dragón, una esfera, y los auspiciosos caracteres chinos Zhui Meng “persiguiendo sueños”.

Drones para matar, drones para soñar, todo lo que inventemos, dicen unas luces en el cielo del nuevo año, puede ser usado para la gracia o para el horror.

La locura humana contrasta con el orden natural, con la fidelidad de la naturaleza a sus leyes: el esfuerzo de los pájaros y de las abejas por seguir cumpliendo sus ciclos antiquísimos, la responsabilidad con que los árboles cumplen mejor que cualquier otra criatura su labor indispensable para el mantenimiento de la vida en el mundo. La naturaleza sigue siendo, como dijo el poeta Jorge Guillén, “la enorme paz que da a la guerra asilo”.

Todavía hay selvas, nos decimos, todavía hay ríos, nieve sobre los montes, peces en el agua, pichones en los nidos, cachorros que juguetean en los prados, y cada flor tiene sus colores de costumbre, y al pie de cada cosa está su sombra. Pero basta que apartemos un poco la vista de la naturaleza y de sus costumbres, para recordar que en este planeta vivimos peligrosamente.

Porque todos sabemos a qué se debe ese fuego, que también enciende en verano los bosques portugueses, los italianos, los californianos, y que es cada vez más destructivo y aterrador. A ese fuego hoy se le puede poner rostro, el rostro de los que niegan que el ser humano esté alterando irreparablemente el clima del planeta.

Se le puede poner el rostro de ese magnate hotelero erigido por el voto ciudadano en gobernante de una de las naciones que más están alterando el clima planetario, alguien que viendo todas las evidencias es capaz sin embargo de negar el cambio climático. Se diría que en este mundo hay poderes capaces de pagar para que un gobernante se atreva a negar la más grave evidencia de la historia.

Como enviando una señal secreta, Irán ha respondido al atentado que dio muerte a Soleimani con un ataque sin víctimas fatales a la base militar de la que fueron enviados los drones. Pero de todos modos un viento de guerra recorre el mundo con la misma rapidez con que el humo de Australia avanza sobre el Pacífico.

Esta época fascinada con los espectáculos, ávida de diversión, que trata de aturdirse para no ver todo lo que pasa, se parece demasiado a la belle époque, que creía estar en el corazón de la civilización e ignoraba que estaba gestando en su seno una conflagración monstruosa; y se parece a aquellos locos años 30, cuando se creía ya superado el conflicto y las gentes se embriagaban en París y en Berlín, tratando de ignorar que las derechas se estaban armando, que las izquierdas se estaban alzando en rebelión, que las fábricas empezaban a producir solamente pertrechos de guerra, que pronto una locura siniestra lo devoraría todo.

En vez de buscar un bienestar que todavía es posible para millones, en vez de combatir la monstruosa desigualdad que es la causa de conflictos y migraciones, a alguien se le podría ocurrir otra vez que el mal consiste en que hay mucha gente, y que la solución es dejar el mundo en manos de esos arsenales inmensos que todos los ejércitos acumulan en silencio, de esos hábitos de destrucción en que los videojuegos están adiestrando a los niños en todas partes, bajo la indiferente complicidad de sus padres.

Un malestar recorre el mundo. De él podría salir el arrasamiento del planeta por una sociedad del derroche y de la ostentación, la agudización del cambio climático, con sus inundaciones y sus pandemias, o un renacer de la conciencia, que le imponga nuevos paradigmas espirituales y éticos a una humanidad desconcertada.

Hablamos mucho de los gobernantes, y tenemos demasiado puestas en ellos la atención y a menudo la esperanza. Pero lo único que sabemos es que si hay cambios vendrán de las ciudadanías y no de los grandes poderes del mundo. Estos no saben frenar, estos no saben cambiar sus horizontes de rentabilidad, estos no saben pensar en un futuro más allá del siguiente balance. Algo con más perspectiva, una luz más lejana, una estrella más luminosa, tiene que ayudarle a la humanidad a inventar un modo más generoso, más agradecido, más austero, más digno, de vivir en el mundo.

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2020-01-12T00:00:15-05:00

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2020-01-12T04:46:21-05:00

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