Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Herrores

Colombia es hoy una nación unida alrededor de una operación quirúrgica: el diseño de sonrisa. Todas las personas con las que hablé estos días admitieron haberse carcajeado varias veces a solas con el episodio de Aída Merlano. No he sido la excepción, y ya me estoy preguntando cuándo se me pasará. Si a alguna empresa encuestadora se le ocurriera hacer el sondeo respectivo, capaz volvíamos al podio de los países más felices del mundo.

Por desgracia, las razones subyacentes al Aída-gate pronto nos sacarán de nuestro breve y nervioso nirvana. La parlamentaria gozó desde el momento en que la cogieron de una serie de protecciones escandalosas que culminaron en su huida. Primero, nunca se aplicó a su curul la regla de la silla vacía, gracias a diversas jugaditas realizadas bajo la mirada complaciente del entonces presidente del Senado, Macías. Segundo, como se ha venido a conocer, gozaba de una serie de prebendas en su lugar de reclusión. Tercero, gracias a ello pudo darse el lujo de conseguir una cita para una operación cosmética, mientras que miles de presos —como lo señalaron varios medios— se marchitan durante meses y años a la espera de la oportunidad de un tratamiento para el cáncer. Cuarto, evidentemente su red de protección tenía aceitada toda una maquinaria para conseguir su escape y después para esconderla.

Concuerdo con lo que dijeron varios comentaristas: es perfectamente posible que esa red decida asesinarla, para que ya no pueda hablar nunca más. Espero que eso no ocurra. Pero a la vez no puedo dejar de señalar que su fuga, con todo y sus aspectos rocambolescos, no pudo haber tenido lugar sin contar con esa ineptitud colosal e inverosímil que es una de las marcas más redomadamente naranjas de este Gobierno (algo simbolizado por la magnífica salida de escena de Aída, montando una moto de Rappi…).

Y aquí está el punto central que quiero destacar: dicha ineptitud es “estructural”, es decir, no depende de que se cometan chambonadas aquí o allá, o de que haya X o Y personas incompetentes o corruptas (aunque de lo uno y de lo otro el gobierno Duque tenga de sobra), sino de una combinación de clasismo rampante, de espíritu clientelar y de autoritarismo, que no solo da origen a esta clase de “herrores” —como podría escribir un funcionario del Gobierno actual—, sino que impide que alguna vez se corrijan. Tal combinación se expresa en unas cuantas reglas simples: nuestra red de amigos está por encima de todo, nuestra narrativa es cierta por definición. Son reglas que dan carta blanca para cometer cualquier trapacería o para inventarse cualquier fábula, pero al mismo tiempo impiden considerarlas críticamente (y por consiguiente imposibilitan corregir el rumbo alguna vez).

Esto es precisamente lo que evidencia la seguidilla de torpezas con las que nos han sorprendido casi a diario el presidente y otros altos funcionarios. Las fotos falsas y sin atribución en las Naciones Unidas. Las ridículas intentonas de querer enderezarlas con “correcciones” posteriores, también improvisadas y llenas de vaguedades. Para no recordar que en este evento no le cobraron a Duque todas las cuentas que ha dejado regadas por ahí. Por ejemplo, su discurso en la ONU en efecto contiene más mentiras y aserciones no probadas que las fotos, pero por el momento nadie ha dicho nada. No hablemos ya de las genialidades con las que sale periódicamente el ministro de Defensa. Ni de las fotos de Guaidó con los Rastrojos que le ayudaron a pasar la frontera. Ante lo cual Duque respondió simplemente que lo importante era que Guaidó “es un titán”.

¿Sí ven? Ni siquiera la evidencia más elocuente y violenta puede cambiar la narrativa. No hay contacto con la vida real. Conclusión: un combo estructuralmente inepto, que no sabe siquiera hacer una jugadita con el micrófono apagado, nos quiere llevar simultáneamente a una confrontación interna y a una externa.

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2019-10-04T00:00:04-05:00

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