Por: Mauricio Rubio

Hijos de homosexuales cuentan sus experiencias

Tras criticar la adopción igualitaria, Dolce & Gabbana recibieron una carta de hijos de homosexuales apoyándolos.

Dos firmantes, Robert Oscar Lopez y Rivka Edelman, recopilaron testimonios de quienes, como ellos, crecieron en familias homoparentales. Dawn Stefanowicz, con padre gay, publicó su historia en 2007. “Mi salud mental y física se vio afectada por su estilo de vida. Estuve expuesta a enfermedades, incluyendo hepatitis, rodeada de relaciones poligámicas, experimentación con sexualidad cambiante, afectada por separaciones y suicidios. A los 13 años enfrenté la muerte de mi padre por Sida”. Es el relato más dramático de este grupo de treintañeros con padres biológicos divorciados tras una salida del armario. Muchos sentían que sus hogares eran atípicos, algo que no sorprende: según datos censales, las familias homoparentales norteamericanas apenas llegan al 0.5% del total. Más que minoritarias son excepcionales.

La hipersexualización del hogar gay es un tema recurrente. “A los ocho años tuve problemas para entender las sutilezas del transgenerismo”. El padre y el “tío” de Charles eran respetuosos pero tenían amigos que lo acosaban en su propia casa. El padrastro de Suzanne molestaba a su hermano y ella asumió el papel de protectora. Al quedar viudo, el padre de Debbie, bebedor, “le dio rienda suelta a sus relaciones sexuales con hombres. ¿Cómo se supone que una joven maneje la pornografía homosexual que encuentra en su casa?”.

Otro comentario reiterado es el egocentrismo de quienes esperan que sus hijos se adapten como sea. Jeremy recuerda “esa bizarra realidad alterna. Nos metían en una cultura de la que no sabíamos nada, con individuos del próspero entorno gay que piensan como ellos. Los hijos se ven obligados a vivir un estilo de vida que no han elegido”. Un amigo gay de la madre de Rivka, “venía siempre con un amiguito distinto. No un niño, como de 14, 15, 16. No sé. Siempre gamberros, hoscos, chicos de la calle”. Dawn disfrutaba las piscinas de los hoteles en vacaciones pero odiaba tanto cambio por el “cruising” de su padre que “siempre escogía los sitios de manera egoísta”. Para Debbie, “las expresiones de emoción eran raras, salvo cuando se trataba de diatribas furiosas sobre su trabajo, sus relaciones y los desafíos de su vida gay”.

La última queja común es el proselitismo permanente. “Querían ser tratadas como una pareja heterosexual. Casi no andaban solas. ¿Había que ir al supermercado? Pues iban juntas para que todo el mundo se enterara”. “Si mi madre estaba sin pareja nunca se aparecía en mi colegio. Pero cuando la tenía no se perdían un sólo evento. Montaban un show ante los profesores para ver qué tan incómodos los ponían”. Los hijos padecieron el activismo.

En Colombia, los menores adoptados por homosexuales enfrentarían marginación e incongruencia. Los activistas gays reiteran que son perseguidos y amenazados, la Fiscalía tomó medidas contra los “crímenes de odio” que sufren, pero están dispuestos a involucrar menores en ese ambiente homófobo y peligroso, al que habría que sumarle el clasismo.

La ponencia favorable de Jorge Iván Palacio alude a la necesidad de entregar niños abandonados, y con urgencia. Refleja no sólo la instrumentalización de menores para una lucha ideológica de la élite progresista sino una gran soberbia política. En medio de un debate sobre equilibrio de poderes y la peor crisis de credibilidad en la historia de la Corte, el magistrado anota impávido que esa reforma no sería aprobada en el Congreso y, precisamente por eso, con aroma de tutela –gravedad con celeridad- propone que esa delicada decisión la tomen a la carrera unos pocos jueces agobiados por un escándalo. La protección apremiante de las minorías es la falacia del nuevo despotismo ilustrado, tan dañino como la corrupción.

Lo increíble es que en ese tema hay tareas pendientes, como apuntalar legalmente la jurisprudencia que permite adoptar hijos biológicos de la pareja homosexual. El exiguo rechazo que tuvo esa decisión sugiere que es una labor factible. Para calibrarla se podrían recoger historias de familias beneficiarias del fallo. Unas, como los testimonios de Lopez y Edelman, desafiarán el dogma del "da lo mismo" hetero que homoparental. Otras seguramente lo apoyarán. Puede que algunas argumenten que esa adopción es un paliativo necesario para divorcios por salida del armario. En cualquier caso, se identificarían cuestiones concretas para discusiones aterrizadas y conducentes a soluciones. Esas familias tendrán que ser aceptadas tal cual por los legisladores, porque están ahí y sus problemas deben resolverse. Tratar de abordarlos es más pertinente y sensato que insistir en una propuesta vanguardista sabiendo que es inoportuna, apresurada, impopular y con mucho cabo suelto.

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