Por: Klaus Ziegler

Hiroshima, crimen imperdonable

El pasado 6 de agosto, más de 45.000 personas se reunieron en el Parque de la Paz, en la ciudad de Hiroshima, para recordar a las víctimas del acto de terrorismo de estado más brutal jamás perpetrado.

La pesadilla comenzó el lunes 6 de agosto de 1945. A las 8:15, el Enola Gay, un bombardero B-29, dejó caer encima del Hospital Shima una bomba de uranio 235, bautizada con el inofensivo nombre de Little Boy.

Al intenso fogonazo le siguió un gigantesco hongo que ascendió con lentitud en el cielo. Instantes después de la explosión, los sobrevivientes, aturdidos, con la piel colgando en jirones, deambulaban en medio de las ruinas calcinadas, creyendo seguramente que el fin del mundo había llegado con su lluvia de fuego.

Los más afortunados se volatilizaron y sus espíritus subieron a los cielos confundidos con el hongo oscuro de la muerte. Otros quedaron convertidos en sombras fantasmales estampadas en las paredes. El número total de víctimas ascendió a más de 250.000.

La justificación oficial que se les ha dado a los horrendos crímenes de Hiroshima y Nagasaki descansa sobre una grotesca ficción: que las bombas eran necesarias para evitar la muerte de medio millón de soldados americanos, si se hubiese decidido llevar a cabo una invasión a gran escala. Pero, como consta en documentos oficiales, el número de posibles bajas americanas calculado por los estrategas militares nunca habría superado 50.000 en el peor de los escenarios.

Medio millón es más del doble del número total de bajas americanas en toda la II Guerra Mundial, y esta cifra ha sido una falsedad repetida durante décadas para justificar una acción bárbara e innecesaria, aun por altos oficiales americanos, incluyendo a Eisenhower y a MacArthur.

La falacia del argumento puede entenderse mejor cuando cambiamos de victimario. Si con el fin de minimizar el número de bajas soviéticas en las batallas finales de la II Guerra Mundial el ejército rojo hubiese decidido usar como mecanismo de coacción el exterminio de la población civil de regiones enteras de Alemania, en caso de no firmarse una rendición inmediata, dichos actos serían considerados hoy crímenes de lesa humanidad, imperdonables e injustificables.

Si la justicia se aplicara por igual a vencedores y a vencidos, Truman sería hoy recordado no como un héroe, sino como lo que realmente fue: uno de los peores genocidas de la II Guerra Mundial, un criminal responsable del asesinato de casi medio millón de civiles japoneses.

 

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