Por: Columnista invitado EE

Hitler: el precursor de las noticias falsas

Por Timothy Snyder*

El 16 de octubre de 1919, Adolf Hitler se convirtió en propagandista. Esa sería su ocupación principal por el resto de su vida. Sin propaganda, Hitler nunca hubiese podido convertirse en una figura pública, mucho menos ascender al poder. Como propagandista, hizo posible la Segunda Guerra Mundial y definió a los judíos como los enemigos de Alemania. La forma de su propaganda era difícil de diferenciar de su contenido: la recreación de un mundo globalizado en consignas simples, para ser repetidas hasta que un enemigo así definido fuese exterminado.

Antes de 1919, Hitler era un holgazán y un soldado. Fue un súbdito del imperio de los Habsburgo, nacido en 1889 en la Alta Austria, no muy lejos de la frontera con la Alemania imperial. Hitler fue un estudiante despreocupado y adorado por su madre que pasó su juventud manteniendo su distancia de otras mujeres y soñando con ser famoso. En 1907, sin haber culminado la escuela, se mudó a Viena con la esperanza de ingresar a la academia de arte. Reprobó el examen de admisión y su madre murió poco después. Hitler pasó los siguientes seis años en Viena cobrando su pensión de huérfano. Vendió algunas pinturas y contó historias sobre sus planes de convertirse en arquitecto.

En 1913, ya sin poder cobrar la pensión de huérfano en Austria, se mudó a Múnich, la capital de Baviera, en el sur de Alemania. Allí restableció su rutina de Viena: leer en cama, dormir hasta tarde, pintar un poco y relatar fantasías a otros inquilinos. Su primera decisión importante como adulto fue ofrecerse como voluntario en el Ejército de Baviera al comienzo de la Primera Guerra Mundial.

La guerra se convirtió para él en la “causa de las causas”, la razón de su existir. Hitler sirvió con coraje como mensajero y fue condecorado. El 14 de octubre de 1918 fue gaseado por los británicos cerca de la frontera franco-belga. Cuando la guerra llegó a su fin en noviembre, Hitler estaba en un hospital en Alemania, recuperándose de una ceguera temporal.

Tras cuatro años de batalla, Alemania perdió por razones sencillas. Aunque victorioso en el este, donde el imperio ruso había colapsado en una revolución, Berlín no pudo transformar sus colonias allí en los graneros necesarios para alimentar a Europa Central y resistir a las tres potencias mundiales —el Reino Unido, Francia y Estados Unidos— reunidas a su lado oeste. Durante el verano y el otoño de 1918, mientras Alemania intentaba ganar una batalla decisiva en el frente occidental, daba la impresión de que cada soldado alemán muerto era reemplazado por un estadounidense vivo. Aun así, el gobierno alemán no preparó a sus ciudadanos para la derrota, la cual fue particularmente impactante para Hitler. Su labor en 1919 sería encontrar la manera de culpar a terceros.

Así lo hizo, en condiciones particularmente revolucionarias. La guerra había eliminado las restricciones en la política y había empezado a introducir fantasías en la realidad. La Revolución Bolchevique de 1917 produjo una guerra civil en Rusia, un tipo de conflicto que fue emulado a menor escala por toda Europa. Los imperios alemán y austriaco dejaron de existir y fueron remplazados por repúblicas.

El nuevo gobierno socialista de Alemania fue cuestionado por la derecha por aquellos insatisfechos con la paz y por la extrema izquierda por aquellos que querían impulsar una revolución. Como en casi toda Europa, los intentos de revolución de la izquierda fueron recibidos con reacciones más duras por parte de la derecha. En abril, en Múnich, un grupo de izquierda radical trató de establecer un régimen comunista. El gobierno central en Berlín, pese a ser socialista, aplastó la rebelión con soldados y paramilitares filibusteros de derecha; al menos 600 personas fueron asesinadas. La experiencia les enseñó a los comandantes del Ejército en Baviera la importancia de planear una participación activa en la política.

Hitler mantuvo un bajo perfil durante estos eventos hasta que sus resultados fueron claros, y entonces asumió la postura agresiva que definiría su carrera posterior.

Cuando salió del hospital y volvió a Múnich el 21 de noviembre de 1918, Hitler se encontró con que los cuarteles, donde siempre se había sentido cómodo, estaban controlados por consejos de soldados de izquierda. Para Hitler era importante permanecer uniformado, ya que la paga del Ejército era su única fuente de ingreso. Electo como representante por sus compañeros, Hitler trabajó con estos consejos.

Cuando la revolución de abril de 1919 los dividió, Hitler, al parecer, se mantuvo lejos de la acción. No fue sino hasta que la derecha terminó imponiéndose que eligió bando, y denunció a los soldados de izquierda ante los oficiales. Hitler mostró las cualidades deseadas por un ejército que ahora sí tenía la determinación de adelantarse a los acontecimientos políticos y moldearlos.

El 11 de mayo de 1919, se creó un nuevo comando en Múnich formado por los elementos del Ejército que habían aplastado la revolución. El comando incluía un departamento de información, cuyo objetivo era penetrar e influenciar a la sociedad civil y los partidos políticos. Los soldados serían entrenados como activistas políticos para que actuaran de manera encubierta como agentes de las fuerzas armadas para moldear la opinión pública. Esta fue la tarea de posguerra de Hitler.

En junio, Hitler tomó cursos especiales en la Universidad de Múnich diseñados para proporcionar el trasfondo ideológico necesario a los futuros agentes. Hitler sintió una fascinación particular por la cátedra de economía de Gottfried Feder, quien le enseñó a diferenciar el capital productivo (nacional) del improductivo (judío).

En agosto, a Hitler se le asignó la tarea de reeducar soldados alemanes que habían sido prisioneros de guerra. Ese mismo mes, formó parte de un debate sobre la responsabilidad por el inicio de la guerra, en el que mostró, según el reporte de un oficial, un estilo de hablar “animado y accesible”. Sus charlas sobre tópicos como la emigración alemana y las condiciones de la paz de la posguerra fueron bien recibidas. El 28 de agosto, su tema fue el capitalismo, el cual asociaba con los judíos.

El mes siguiente, su comandante le ordenó infiltrarse en un pequeño grupo de derecha conocido como el Partido Obrero Alemán (DAP, por su sigla en alemán). Había sido fundado ese enero y en aquel momento contaba con unos 100 miembros. El 12 de septiembre, Hitler asistió a una de sus reuniones en una cervecería y, por casualidad, terminó dando un discurso al final. El líder del DAP quedó impresionado con la elocuente oratoria de Hitler y lo instó a unirse al partido.

Aparentemente, eso también era lo que los oficiales superiores de Hitler buscaban. En su solicitud escrita, dijo querer ser un propagandista: “Las personas me dicen que tengo talento para eso”. Entró al partido, pero permaneció en la nómina del Ejército.

Como bien lo resume el biógrafo maestro de Hitler, Ian Kershaw, el Ejército “convirtió a Hitler en un propagandista”. Gracias al financiamiento del Ejército, no tenía otro trabajo, así que Hitler se pudo dedicar de tiempo completo a esa tarea. La situación era ideal para él. El DAP ya existía, así que Hitler no tuvo que fundar su propio grupo, algo que sin duda hubiese sido agotante y nada poético para él. Debido a que el DAP era muy pequeño, Hitler inmediatamente logró destacarse como su orador público principal.

Hitler se dedicó a planificar y practicar sus discursos, usando un espejo para perfeccionar sus expresiones y gestos. Se estaba convirtiendo en un intérprete, un artista. Como él mismo lo expresaría años después en Mi lucha: “El uso correcto de la propaganda es un verdadero arte”.

En septiembre de 1919, en respuesta a una carta de uno de sus estudiantes soldados, Hitler definió su postura ante la cuestión judía. Todo lo que pudiese percibirse como una meta superior (“religión, socialismo, democracia”) era visto por los judíos como una oportunidad para ganar dinero. Los judíos no debían ser tratados como conciudadanos, sino entendidos como un problema objetivo, una enfermedad (“tuberculosis racial”) que necesitaba ser remediada.

En Mi lucha, Hitler llevaría esos argumentos un paso más allá. Todas las ideas sobre bondad universal eran simplemente trampas mentales establecidas por los judíos para hacer caer en ellas a los cerebros alemanes débiles. La única manera de restaurar la fe alemana en la virtud alemana era la eliminación física de los judíos. Lo mismo era aplicable para las ideas del acceso universal a la verdad. Como bien lo expresa Benjamin Carter Hett en un excelente estudio reciente sobre el ascenso de Hitler al poder, “la clave para entender por qué tantos alemanes lo apoyaron está en la negación de los nazis de un mundo racional y basado en los hechos”.

En sus discursos de finales de 1919, Hitler fue el precursor de un estilo de propaganda que ha definido gran parte del siglo desde entonces (y que el filósofo Jason Stanley ha descrito de manera sofisticada). Comienza con una devoción plena a la técnica persuasiva, continúa con la creación de un mito puro y culmina con el orador conduciendo a su país en una persecución de fantasmas falsos que termina en tumbas reales. En Mi lucha, Hitler escribió que la propaganda “debe limitarse a unos cuantos puntos que deben repetirse una y otra vez”.

En su primer discurso al DAP como uno de sus miembros, en una cervecería en Múnich el 16 de octubre, Hitler parecía ya haber comprendido esta técnica. En “palabras fuertes” —como lo recordó un oyente— Hitler exigió una acción decisiva contra los judíos “enemigos del pueblo”. Les dedicó una furia particular a los periódicos, exigiendo que fuesen remplazados por órganos de propaganda que apelaran a las emociones alemanas. Poco después, el Ejército les ayudó a Hitler y su partido (para ese entonces ya conocido como NSDAP, sigla de Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei, o los “nazis”) a adquirir un periódico para propagar su mensaje.

Lo que Hitler ofreció en 1919 fue una respuesta a la globalización. En una poderosa biografía nueva, Brendan Simms sostiene que, en el frente occidental, Hitler quedó asombrado con el poder mundial del Reino Unido y Estados Unidos. Hitler tenía razón, por supuesto, al afirmar que el destino de Alemania fue sentenciado por el poder de los imperios capitalistas, especialmente una vez que los estadounidenses entraron a la guerra. Pero en vez de concluir que la guerra no había favorecido los intereses de Alemania, Hitler, en 1919, prefirió hacer un retrato emocional de los alemanes como víctimas inocentes de la maldad mundial.

Para el 13 de noviembre, en otro discurso de cervecería, Hitler ya culpaba a los judíos no solo del capitalismo sino también del comunismo. Había una conspiración mundial contra los alemanes y era fundamental para Alemania el desenmascarar a sus agentes judíos para poder defenderse. Según recuerda un miembro de la audiencia, Hitler habló “de una manera extremadamente habilidosa”, evocando “imágenes” de injusticias a alemanes que “hicieron palpitar los corazones”.

Los biógrafos de Hitler se debaten con la pregunta de cuándo exactamente se convirtió en antisemita. Antes de 1919, Hitler no tenía problemas en llevarse bien con judíos, incluyendo los de su unidad en la guerra, entre ellos el comandante que hizo que lo condecoraran. Sus ideas antisemitas surgieron en público cuando la propaganda se volvió su modo de vida.

El antisemitismo de Hitler dio una respuesta sencilla a todas las preguntas complicadas. O, más bien, tomó las preguntas sobre qué sería lo mejor para los alemanes y las transformó en una sesión de espiritismo de fuerzas misteriosas que gobernaban el mundo. La solución ya no significaba abordar eficazmente un problema específico, sino eliminar esas fuerzas misteriosas personificadas en los judíos. Para algunos pensadores contemporáneos, como Victor Klemperer y Hannah Arendt, que consideraban a Hitler un propagandista, la cuestión no era cuándo adquirió ciertas convicciones internas, sino más bien lo que la expresión de la propaganda hitleriana le hizo a la vida pública.

En 1919, Hitler era conocido solo en algunas cervecerías de Múnich. En 1923, ganó algo de notoriedad nacional gracias a su intento fallido de obtener poder, recordado como el Putsch de la Cervecería (o Putsch de Múnich). Fue posteriormente en prisión donde escribió Mi lucha.

La forma de hacer política de Hitler obtuvo el apoyo de las masas cuando la Gran Depresión le trajo a Alemania una nueva serie de golpes mundiales. Una de las consecuencias de esa crisis económica (como de la del 2008) fue el colapso de los periódicos independientes, instituciones que Hitler siempre denunció como “enemigos del pueblo” judíos. Conforme las voces de los periodistas se fueron debilitando, los propagandistas aprovecharon para dar el golpe de gracia. Para ese entonces, Hitler y los nazis ya habían encontrado la consigna sencilla que repetían una y otra vez para desacreditar a los reporteros: “Lügenpresse”. Hoy, la extrema derecha alemana ha revivido ese término, que en inglés significa “fake news” y, en español, “noticias falsas”.

* Profesor de historia en Yale, es autor de varios libros sobre Hitler y política contemporánea, entre los que se incluyen “Bloodlands”, “Black Earth”, “On Tyranny” y “The Road to Unfreedom”.

(c) The New York Times.

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