Por: Ramiro Bejarano Guzmán
Notas de buhardilla

Huésped camorrista

Rodríguez Zapatero sucedió a Aznar como presidente del gobierno español, cuando empezaba la crispación política y social que aún hoy sacude a España. Entre los dos líderes eran protuberantes sus diferencias y ninguno lo disimulaba, pero ese visceral enfrentamiento no impidió que en una cumbre de mandatarios iberoamericanos, cuando el bocón de Hugo Chávez agredió al expresidente español Aznar, en un gesto gallardo Zapatero saliera en defensa de su compatriota, invocando la dignidad de la nación.

Los españoles no se reconciliaron por cuenta de esa postura amable del presidente de turno al defender en el exterior a su contradictor, pero lo cierto es que ese detalle alivió un poco las tensiones políticas y al menos dejó en claro que un mandatario no puede tolerar los ataques foráneos contra los actores de la política interna, menos contra quienes ejercen la oposición.

Pues bien, esta semana hemos asistido a un episodio impresentable desde donde se le mire, porque el presidente interino de Venezuela, Juan Guaidó, molesto con un trino del senador Gustavo Petro en el que se burlaba de su trabajo, estando en las propias escalinatas de la “Casa de Nari” y luego de despedirse de su anfitrión, respondió con la siguiente pedrada: “Hoy Gustavo Petro desestima porque es cómplice de la dictadura de Maduro, además con claros indicios de que ha sido financiado a través de dineros de la corrupción venezolana”.

La sorpresiva grosería de Guaidó mostró que su intolerancia no es del todo diferente de la que le critica al sátrapa Maduro, pero peor fue el silencio del subpresidente Duque y de todo su gobierno. Guaidó rompió las más elementales reglas de la hospitalidad y la convivencia política pues, sin negarle su derecho a pronunciarse sobre el trino de Petro, no podía olvidar que estaba acusando gravemente a quien llegó al Senado como vocero de la oposición. Menos podía ignorar que tales insultos los soltó desde la casa presidencial, donde le tendieron tapete rojo para que llegara convertido en estadista. El mensaje que dejó el presidente interino con esta salida brusca es el de que quien se atreva a criticarlo, así sea en tono menor, se expone a una respuesta destemplada, desde cualquier lugar del planeta.

No creo que Guaidó sea tan torpe e ignorante como para no prever que tamaña altanería contra el vocero de la oposición colombiana era inamistosa, por decir lo menos. Lo que parece evidente es que se sintió intérprete de Duque y se creyó con licencia para insultar a un senador nuestro, porque estaba seguro no solo de que eso sería aplaudido al interior del Gobierno colombiano, sino de que nadie osaría llamarle la atención, como en efecto ha ocurrido. Para eso se necesitaba la grandeza de Zapatero cuando defendió a Aznar, de la que carecen Duque y su séquito soberbio.

Cuando el Gobierno consiente con su silencio estas posturas destempladas de uno de sus encumbrados huéspedes contra uno de sus principales opositores, está sentando un precedente nada reconciliador; por el contrario, es una advertencia bastante provocadora y peligrosa. Es el estilo de Duque: decir una cosa y hacer otra. Por un lado, con su clásico estribillo “que quede bien claro”, pregona insistentemente la necesidad de que los colombianos se reconcilien y vivan en paz, pero, por el otro, cuando tiene oportunidad de demostrar que ese interés es “genuino”, se hace el de la vista gorda y les cumple a sus pasiones fanáticas y persecutorias. Lo que ha quedado claro es que el Gobierno se siente cómodo y prohíja esas agresiones contra sus malquerientes.

El tema no puede resolverse con la lente mezquina de que como el agredido fue Petro todo se puede permitir, porque, quiérase o no, él encarna un símbolo de la democracia de este país. Personalmente no soy ni he sido partidario jamás de Petro, pero la contienda política no es una lucha de caníbales, como lo entienden Duque y sus áulicos.

Adenda. Es preferible una Corte Suprema con el quorum desintegrado, que reintegrada con alfiles uribistas. La Corte debe poder llenar con autonomía sus vacantes sin la amenaza de que se desintegrará, y menos bajo la advertencia totalitaria de que Duque decretaría la conmoción interior para terminar el trabajito de uribizarla.

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2020-01-26T00:00:43-05:00

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