Por: José Fernando Isaza

Iluminados

La mayor tragedia para una sociedad es que alguno de sus iluminados adquiera poder o control político. Los iluminados creen que un ser superior les encomendó una misión en la vida y para realizarla no tienen ninguna limitación. Si las leyes los restringen, consideran que ellos no están obligados a cumplirlas, dividen el mundo entre los que están con ellos, los buenos, y los que no los acompañan, los malos, y si consideran necesario eliminarlos para poder cumplir su misión no tienen escrúpulo en hacerlo. No exponen políticas; proclaman doctrinas que sus fieles aceptan sin ninguna discusión. El culto a la personalidad hace que su imagen sea más importante que cualquier idea. Consideran que el lugar adecuado para los opositores a su plan superior es la cárcel o la tumba. Confunden la seguridad del Estado con la seguridad de su movimiento mesiánico; fortalecen, en su beneficio, los organismos policivos de control ciudadano, liberándolos de cualquier limitación legal. Las alianzas con grupos criminales las consideran lícitas si éstos los ayudan en su misión. Si el orden jurídico limita la duración del mandato, se cambia para ampliar su duración o, mejor aún, hacer indefinida su permanencia en el poder.

En sus discursos abundan las claves lingüísticas que tienden a ponerlos en un nivel superior al del común de los mortales. El uso de la tercera persona para referirse a sí mismos: “el Führer considera”, “el presidente está comprometido”, “el alcalde ha ordenado”, cuando el que habla es el Führer, un presidente o un alcalde. El uso del plural mayestático es usual en su hablar al referirse a sí mismos, usando la primera personal del plural y el pronombre nos en lugar de yo. No es de extrañar que este plural se llame plural de majestad. Sus discípulos, término más adecuado para referirse a sus seguidores cuando escriben sobre su jefe, utilizan el pronombre Él, con mayúscula. Es la manera adecuada de referirse a la divinidad. Pueden recurrir a referencias bíblicas; si Jesús, cuando le preguntan si es el hijo de Dios, responde: “Yo soy el que soy”, los discípulos de un protoiluminado acuñan el eslogan: “Él es el que es”, para insinuar que su jefe es hijo de la divinidad.

La historia es pródiga en ejemplos de iluminados. Pol Pot, en Camboya, asesinó a casi la quinta parte de la población que se oponía a su plan de un paraíso socialista sin clases y sin moneda. En su obsesión, pensó que los intelectuales no lo acompañaban en su delirio e hizo sospechoso a cualquiera que usara gafas, pues las necesitaba para leer, por lo tanto era intelectual y se le condenaba a muerte o a ser recluido en los campos de la muerte. Hitler consideraba que algún dios germánico o cristiano le había dado la misión de crear el imperio alemán y no le importó desencadenar una hecatombe para lograrlo, afortunadamente fracasó. Stalin y Franco no escapan a la clasificación de iluminados. Los fusilamientos que siguieron al triunfo de la Revolución cubana hacen pensar que Fidel Castro se sentía iluminado. Con alta probabilidad, Mao encaja en este grupo.

Para el país sería un gran retroceso que un próximo presidente fuera un iluminado o algún fiel seguidor de algún miembro de esta categoría. No se puede correr el riesgo de reactivar guerras o de clasificar a los ciudadanos en buenos y malos, sin matices, con todas las consecuencias que esto conlleva.

 

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