Por: Julio Carrizosa Umaña

Imaginarios y ecosistemas

“Aré en el mar y edifiqué en el viento”, escribió el Libertador al final de su vida en el lindo país en donde también los ibéricos habían tratado de realizar sus sueños: el de convertirse en exportadores de especies, el de encontrar el Dorado, el de la evangelización del planeta, el de pertenecer al santo imperio romano germánico, el de ser impulsadores de la ilustración con expediciones botánicas.

En estos países tropicales eso se repite constantemente; después del sueño de la Independencia, el del liberalismo sin límites, luego el de la república centralizada y católica, finalmente los imaginarios del socialismo y del capitalismo, siempre sin poder realizarse re realmente pero continuamente dando órdenes a los cerebros de millones de colombianos; órdenes que ahora, como lo dijo el papa, han dado paso a las tinieblas del odio y las venganzas.

La realidad es superior a la idea que predica Francisco en el país de los imaginarios, en donde en 1962 alguien imaginó cinco repúblicas independientes en lo alto de la cordillera, ocultas en los bosques andinos, y así dio paso a una guerra que duró 53 años. Huyan de las tinieblas del odio y las venganzas, aconseja el prelado en ese mismo país en donde ahora algunos imaginan que serán felices sólo si se mete a la fuerza a la cárcel a los sobrevivientes de esa guerra.

La realidad es la de esos ecosistemas que ocultaron durante tantos años a los insurrectos, pero fue una la idea que motivó su rebeldía y otra la que ordenó que los bombardearan; ambas todavía sobreviven y sólo si reflexionáramos acerca de esa confrontación entre realidades e ideas podríamos construir la paz.

La realidad de nuestros ecosistemas, extraordinariamente compleja, abrupta y desconocida, plena de montes y humedales, más bella que rica, fue la que permitió que sobreviviéramos como Nación, pero también es la que facilita los cultivos ilícitos, la que impide que acabemos con las bandas criminales y la que a pesar de todas las ofensas que ha recibido del Eln, todavía le da esperanzas de sostenibilidad a ese grupo.

Sin embargo, poco pensamos acerca de esa confrontación entre complejidad ecosistémica y simplicidades ideológicas y sensoriales. Hablamos mucho de nuestra megabiodiversidad, de los dos océanos y las tres cordilleras, pero seguimos siguiendo los impulsos primarios de los dogmas y sólo confiamos en las simplezas teóricas que fueron construidas en unos países lejanos por unos extraños personajes para satisfacer sus propias imaginaciones.

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