Imperios vulnerables

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Grandes cambios, momentos clave y transformaciones profundas han coincidido con la caída, o al menos la decadencia, de algún imperio. Así que, si hay por ahí alguno que esté dando señales, algo nuevo puede tener reservado el laberinto mutante de la historia.

Las ambiciones imperiales se alimentaron con éxitos y también con fracasos. Las victorias fueron alicientes para ir más allá, y los fracasos se convirtieron en motivo para intentar de nuevo aquello que no se pudo conseguir. Salvo golpes favorables del destino, a ese ritmo fueron creciendo los imperios. El desacierto en el juego de manejar, o inventar, las oportunidades, significó la señal de su decadencia.

Aún cuando la crisis de un imperio no sea consecuencia de derrotas militares, revueltas de súbditos o independencia de colonias, la desaparición de los poderes imperiales se manifiesta con el desvanecimiento de su fuerza militar, económica, política, moral o cultural, y produce consecuencias más allá de sus fronteras. Como cuando colapsa uno de esos árboles grandes del bosque, que se lleva de paso a muchos otros.

Salvo el soviético, que cayó sin que se notara con suficiente antelación su condición desfalleciente, tal vez porque uno de sus fundamentos era el de esconder secretos, casi todos han sufrido un proceso de decadencia que comienza por disputas internas, pérdida de solidez económica y sobre todo por precariedades de liderazgo. Otra cosa es que por un tiempo les alcance el impulso de su poder económico, pues de algo les debe servir la inercia de la combinación de habilidades políticas, económicas, comerciales, administrativas y militares, pegadas con la amalgama de una cultura imperial de la que a veces no son ni siquiera conscientes.En muchos casos la primera señal de crisis se manifiesta cuando hay sectores de la dirigencia que no quieren aceptar las advertencias de peligro. Cuando no son capaces de advertir las complejidades propias de las “obligaciones imperiales”, que exigen sacrificio y paciencia. Cuando no tienen reparos en desatar luchas internas que solamente sirven de disolvente de la unidad necesaria y la comunidad de creencias y propósitos indispensables para impulsar propósitos de largo aliento.

Aunque ahora mismo no existan imperios comparables a los tradicionales, no falta quien viva del mito de lo que cree que uno u otro haya sido, y hay hasta quien tenga la osadía de predicar el retorno a un pasado, un poco borroso, que ya se fue. Make America great again. Como si el mundo no hubiera cambiado lo suficiente, y como si el desconocimiento de las complejidades de la propia armazón imperial pudiera contribuir, porque sí, a un pasado de dominación que ya nadie tiene razón para respetar.

Pocas actitudes más inconducentes, para volver a ese pasado, que el nacionalismo aislacionista y el maltrato a unos aliados que, salvo la excepción de abyectos sin imaginación ni alternativa, no tienen razón para mantener su compromiso y su fidelidad. Y nada más contradictorio, frente a la intención del supuesto retorno a mejores días, que la predicación desordenada de argumentos con ínfulas de grandeza, el cultivo intenso de divisiones internas, el personalismo y la carencia de criterio para liderar.

Es bien cierto que la gran oportunidad histórica de los Estados Unidos fue el vacío de poder que trajo la posguerra, con el desfallecimiento de las potencias hasta entonces tradicionales, acompañado de la necesidad de ejercer contrapeso a un modelo opuesto en lo político, lo económico y lo cultural, que tenía su propio designio, así hubiese sido un aliado en el esfuerzo común de la derrota del agresor que desató la Segunda Guerra Mundial.

Ya se sabe que, a partir de la reconstrucción de Europa y del Japón, y de la contención del otro gran vencedor de la reconquista del escenario europeo, los Estados Unidos asumieron el protagonismo como epicentro y cabeza de un modelo económico que resultó dominante a escala mundial, apuntalado con alianzas regionales y presencia y juego político en diferentes tableros, con mayor o menor poder. Así terminaron por organizar una especie de imperio que no era ya como los de antaño, aunque en algunas partes llegó a poner y quitar gobiernos y decidir sobre el rumbo de naciones enteras, con fundamentos económicos, políticos y culturales “de inspiración americana”. Cuando, desde la cabeza de ese imperio sui generis, se comienza a faltar a compromisos esenciales, aún con los oponentes, y a afectar alianzas históricas, con argumentos de comerciante en lugar de razones de estratega, cuando se incurre en contradicciones respecto de la verdad, cuando se amenaza aquí y allí, por dentro y por fuera de las fronteras, cuando se gobierna a punta de trinos y declaraciones o decretos ostentosos de poder, cuando se golpea a los medios como si su existencia fuera un estorbo, y cuando no se puede observar la ecuanimidad propia de los máximos responsables, lo que se está haciendo no es otra cosa que acelerar la decadencia imperial. Que tengan cuidado, entonces, los árboles que rodean al que se puede derrumbar.

Por fortuna, para los pueblos que anhelan conseguir la libertad o profundizar la que han conseguido, el hecho de que los imperios presenten fragilidades no es necesariamente una mala noticia. En lugar de andar buscando nuevas afiliaciones, a la hora de posibles ajustes en la estructura imperial del mundo, los deseos de cambio, consolidación de libertades, y apertura de nuevas oportunidades, sin el yugo de interferencias foráneas, pueden hallar en las manifestaciones de la decadencia imperial oportunidad de avanzar por un camino propio. Avance que requiere de un liderazgo visionario que sepa conducir a cada nación, sin aislarla de una tendencia mundial, deseable e inevitable, en favor de la independencia, la cooperación y la democracia.

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