Indolencia

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En un mundo donde la razón prima sobre todas las cosas, la práctica del periodismo se ha motivado desde la objetividad, desde la presentación de la información de manera clara y concisa, y sobre todo desde la absoluta corrección y decencia. Aunque no soy periodista de profesión, practico la labor desde hace ya cuatro años cuando un acontecimiento afortunado me abrió un espacio en las columnas de opinión de este periódico. Construir la propia voz no es sencillo: he experimentado desde distintos ángulos intentando ofrecerle al público una columna que realmente le diga algo sobre la realidad del país o sobre la realidad del mundo. He tratado de hacerlo diferente, de meterle algo de corazón, algo de poesía; he tratado de involucrar al público con la historia y también con la práctica de disciplinas artísticas, exponiendo casos que han demostrado que el arte es el recolector más asiduo de las realidades históricas y actuales y la mejor medicina para las profundas heridas sociales.

He tratado de ir un poco contra la corriente, de abandonar ese periodismo lleno de cifras y estadísticas, esa imagen de la información intachable, objetiva y certera que le da al periodista un oficio pero que le arrebata definitivamente su misión. El periodista no solo debe informar, también debe encaminar al público hacia la justicia, debe involucrarlo con el hecho ocurrido, debe motivar su interés por los acontecimientos, por formarse una opinión sobre los hechos. El periodista, a través de su labor, puede ser un agente de cambio, un guía para la sociedad, un líder que encamine al pueblo hacia la transformación.

Estos días la proliferación de cifras y lenguaje correcto ha sido alarmante. Masacres que pasan por “homicidios colectivos”, estadísticas que empañan la realidad de los hechos y el escueto y simple conteo de muertos, todo porque a la política le conviene tener a un pueblo indolente, no a un pueblo comprometido. ¿Y qué pasa con el periodismo? ¿Cuándo va a salir un relato sobre los hechos que le cale hasta los huesos al público lector? Este periodismo correcto ya me tiene hasta el hartazgo, porque de nada me sirve, ni a mí ni al resto de los colombianos, saber que en el Catatumbo hubo “no-sé-cuántos-muertos” a manos de “grupos armados” y que en el departamento de Nariño murieron ocho jóvenes a manos de unos “encapuchados” que seguramente quieren arrebatarle el poder y la “dignidad” al gobierno.

Este tipo de información no esclarece la verdad sobre los hechos, y lo más triste es que ningún periodista se va a poner los pantalones para averiguar qué está pasando en realidad. Mucho menos va a entrar en la tarea de contar la historia con el corazón roto, redactando crónicas que conmuevan al público y lo comprometan políticamente.

Tristemente, hemos abandonado ya la época en la que los periódicos tumbaban gobiernos, armaban protestas y apoyaban movimientos. Ya son escasas las obras del periodismo independiente que exploran a fondo la verdad y, sobre todo, las que construyen su discurso adecuadamente para que le sea transmitido al público un mensaje contundente y a la vez esclarecedor. Son muchos los maravillosos talentos periodísticos del país, pero el terror, la manipulación o la falta de audacia invitan a esos periodistas a permanecer en silencio. De esta forma, poco a poco el periodista se vuelve apático, pero también lo hace el público, que termina mermando sus pasiones en la quieta comodidad de la indolencia.

@valentinacocci4, valentinacr424@gmail.com

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