Por: Víctor de Currea-Lugo

Israel, de mal en peor

Israel está en problemas de cada vez más difícil manejo.

Planeado como Estado desde el Congreso Sionista de 1897 (mucho antes del Holocausto), aupado con el apoyo del Reino Unido y luego de los Estados Unidos, se hizo Estado en 1948 y fue aceptado por Naciones Unidas con una condición: que respetara dos resoluciones que nunca ha cumplido, entre ellas la del derecho al retorno del pueblo palestino expulsado en 1948 de las tierras que hoy constituyen Israel.

En 1967 Israel ocupó el resto del territorio de Palestina (Cisjordania y Gaza) que ahora sigue anexionando mediante el muro, los asentamientos y otra serie de medidas ilegales según Naciones Unidas.

63 años después, Israel sigue enfrentando los problemas internos que ha tenido desde su inicio; el más grave el de la construcción de la democracia. Las ventajas que ofrece el Estado a los religiosos, el régimen de Apartheid a las minorías palestinas que viven en Israel (el 20% de su población), el papel de La Torá en la interpretación de las leyes, las ventajas sociales y la impunidad que gozan los colonos, y el desmoronamiento del Estado social, apuntan a una sola cuestión: la naturaleza de Israel.

Sólo en 2011, Israel ha afrontado manifestaciones en sus fronteras con Siria y Líbano por la expulsión de Palestinos en 1948 (lo que Israel prohíbe por ley), tensiones por el homicidio de turcos de la Flotilla de la Libertad en aguas internacionales, la ruptura de relaciones con Turquía, ataques de manifestantes a sus embajadas en Cairo y Amán, la discusión sobre los contratos de gas que tiene con Egipto y por el que pagaba precios ridículos gracias a Mubarak, y los intentos porque las Naciones Unidas reconozcan el Estado palestino. Sus alegatos de “persecución antisemita” no parecen funcionar.

La postergación de la solución del conflicto no es por falta de propuestas: ha habido casi una propuesta de paz anual. En su tozudez han rechazado toda salida pacífica bajo la tesis de que prolongar la solución es la solución. Para completar, el neoliberalismo real tocó a sus puertas y el Estado social, mantenido con la ayuda de los Estados Unidos, se derrumba, dejando en el desempleo a miles de personas que ahora salen a la calle.

Curioso es que el gobierno israelí pone sus esperanzas en que las tensiones con Palestina sirvan, como siempre, como la excusa para desviar el debate de la naturaleza misma de Israel, de las ganancias de sus empresas a expensas de la gente de a pie, de los privilegios de militares y religiosos, de la discriminación de minorías y del problema de querer ser al mismo tiempo un Estado democrático y un Estado para creyentes.

Mientras tengan el apoyo de Obama, quien les prometió que Jerusalén sería un día su capital, y el de la Unión Europea, cuyo sentimiento de culpa por los horrores del Holocausto la siguen inclinando a favor de Israel, no habrá un Israel democrático como merecen los israelíes, y sin ello, no habrá paz en el Oriente Medio.

 

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