Por: Sergio Ocampo Madrid

Ivancito cumplió su primer añito

Creo que lo único verdaderamente eterno es escribir. Y no me refiero a escribir obras maestras, grandes tratados filosóficos y ni siquiera trinos excepcionales. Hablo de la simple facultad del ingenio humano de llevar a un papel, o a cualquier otro soporte, lo que uno piensa en un momento dado y que podrá ser visto de nuevo en un año, en 500, en mil. La escritura no pone condiciones de calidad para otorgar el beneficio de la eternidad.

Pero escribir conlleva, así no se quiera ni se piense, un compromiso histórico. Para bien o para mal. Y, a la luz de esa óptica, los errores también son eternos. En la década de los cuarenta, en La Habana, El Diario de la Marina tituló en todas sus columnas: “Llegaron a Cuba los escritores Ortega y Gasset”. Ese tabloide que fue tan prestigioso desapareció tras la revolución del 59, pero ese delicioso error sigue ahí para siempre en la hemeroteca nacional y en la memoria.

Para la memoria también quedó, y la conocimos hace una semana, la columna de un tal Iván Duque, escrita hace 21 años en Tolima 7 días, en la cual trataba al dirigente liberal Álvaro Uribe, recién salido de la gobernación de Antioquia, de “expresión clara de la extrema derecha colombiana”, “oportunista” y “escudero de las Convivir” (lo cual era un señalamiento velado de paramilitarismo).

Ojalá algo parecido suceda en unos años con la portada de la revista Semana de la semana pasada. “Año de aprendizaje” era el título, y el sumario abajo decía: “Al cumplir el primer año de Gobierno, todavía no hay mucho que mostrar pero el presidente Duque tiene las condiciones y tres años para enderezar el rumbo”.

Hagamos el análisis semántico y gramatical de este texto y que cada quien saque conclusiones. El título es terriblemente indulgente porque un año es el 25 por ciento de un periodo presidencial, la cuarta parte. La parte, además, de luna de miel con el Congreso y la opinión. Perfectamente podrían haber titulado “Un año desastroso”, que de seguro habría sido el encabezado para cualquier otro personaje, sobre todo para Petro. Luego, a la fuerte expresión de “no hay mucho que mostrar” le aplican el adverbio apaciguador de “todavía”, en un juego que además le apuesta psicológicamente a una esperanza. Y remata con un ejercicio de adulación chocante y subjetiva en ese “pero Duque tiene las condiciones…”

En esa doble condición de eternidad de la escritura y de condena perpetua por lo que se escribió mal o simplemente se afirmó (pues no creo que Duque se equivocara hace veintiún años), cae sin duda también esta columna. Y la escribo con total conciencia. Lo hago justamente para eso, con la ingenua intención de hacer memoria desde mi humilde trinchera de escritor, pero también para drenar la rabia, para resistir el momento anodino y ridículo que vive esta república.

Hasta hoy, la historia, la oficial, al evaluar presidentes se ha quedado en esa simple galería de hombres con bandas presidenciales y pose patriarcal que mayoritariamente nos mal gobernaron. Una galería que, además, escondió hasta el año pasado a Juan José Nieto, único presidente negro en 200 años. Debajo de esos cuadros  tan pretendidamente respetables, debería haber varias leyendas: “Era liberal y se volvió un godo ultramontano”, para Rafael Núñez; “traicionó a su jefe, un anciano presidente y lo redujo a prisión; luego perdió Panamá”, a José Manuel Marroquín; “permitió a la United Fruit masacrar trabajadores del banano”, Miguel Abadía; “inflamó de odio el país e impulsó la violencia desde el Estado”, Laureano Gómez; “gobernó con Alzheimer, no en sentido figurado”, para Barco.

El adverbio “todavía” es muy extraño en esta lengua porque puede tener una tendencia concesiva, como en la portada de Semana, o albergar un desaliento según la entonación: “todavía quedan tres años de este gobierno”. Cuando este chico rubicundo y mofletudo entre en la galería presidencial no deberíamos olvidar que llegó al poder inventado a la carrera como candidato porque era el menos impresentable de su grupo de ultraderecha, esa que él cuestionó dos décadas atrás. Previamente, su única experiencia fue ser senador tres años, llevado por aquel que lo inventó a la carrera; antes de eso, solo ocupó cargos secundarios en organismos multilaterales. Entonces, como dijo Semana en portada, llegó a la presidencia a aprender. Pretendió convertir un curso de cinco días en Harvard en una especialización. Un mes antes de posesionarse, su jefe lo felicitó en un trino porque “él, solito, acusó a Maduro ante la Corte Penal…”

Era tan evidente su carácter de segundón que en los primeros meses, la vicepresidenta y tres de sus ministros insistían en llamarlo “presidente Uribe”; luego comenzamos a conocer al inexperto nervioso cuando en España le mandó saludes al rey de parte de Uribe y Pastrana “que lo querían mucho”, y cuando habló en la sede de la Unesco, en París, de los siete enanos de Blancanieves como uno de los hitos de la cultura universal. The Economist le advirtió que debía marcar distancia con su jefe si quería hacer algo en el poder, y el pasado 7 de agosto la Deutsche Welle lo describió como un adolescente que se rehúsa a crecer.

Siempre fue muy claro que la elección presidencial del año pasado era un descarado testaferrato; que no iba a gobernar porque no estaba capacitado pero además porque la condición para ponerlo ahí, y así entrar en la galería presidencial y recibir la jugosa pensión más adelante, la condición tácita o manifiesta era admitir órdenes sin chistar. Ahí lo tienen; ustedes lo eligieron.

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