Por: Ramiro Bejarano Guzmán
Notas de buhardilla

Jugando con candela

Cada vez se ve más confuso y peligroso el tema de los asaltantes de almacenes de grandes superficies que se están presentando en el sur de Bogotá, en Calarcá, Melgar, Facatativá, Fusagasugá, Espinal y otras ciudades similares, en las que ha sido necesario decretar toque de queda. El hecho de que hayan aparecido los hermanos Mora Urrea sindicados de ser testaferros de las Farc, dueños de los almacenes asaltados, ha sido presentado como si las sublevaciones se deban a un alzamiento popular contra el antiguo grupo guerrillero. Pero, francamente, esa relación entre los supuestos verdaderos dueños de estos almacenes y los asaltos a los mismos se ve bastante frágil y poco convincente. El asunto no es tan sencillo.

Lo que se sabe es que a través de las redes sociales se convoca a jóvenes para que protesten ante estos almacenes que luego atracan sin contemplación. Esa circunstancia de que haya alguien en redes sociales calentando el ambiente para tomarse por la fuerza estos establecimientos de comercio, además ubicados en sitios muy sensibles, puede indicar que no se trata de una actuación espontánea sino premeditada, y que lo que podría haber detrás de todo es lo más parecido a una conspiración de grandes proporciones.

Sí, pero quiénes estarían interesados en promover algo tan inusual como esta cadena de violencia que ha ido creciendo todos los días, y lo digo en plural porque lo que sí se ve claro es que esto no es obra de una sola persona sino de un grupo, que extrañamente adolece de una cabeza visible. Si esto de ahora fuese al menos un remedo de revolución, habría un líder arengando a los exaltados manifestantes; pero no, se trata de un cuerpo deliberante que curiosamente prefiere obrar cuando cae la noche.

Hay dos posibilidades para que este fenómeno que han vivido en Caracas, Rosario (Argentina) y en otras latitudes se haya presentado. O es la gente con hambre y desesperada de la situación asaltando esos locales comerciales, como lo han dicho algunos en varios noticieros, “no para robar sino para comer”, o hay una “mano negra” auspiciando este desorden precisamente en plena campaña electoral, o las dos cosas. Lo que haya sido implica un altísimo riesgo para la seguridad y tranquilidad ciudadana.

Aunque no es descartable que estemos asistiendo a una verdadera explosión social de desposeídos y descamisados que no tienen opción diferente que la de tomarse por asalto las tiendas donde venden los productos que ellos no pueden ni podrán comprar jamás, lo que parece más verosímil es que esta situación está siendo provocada por personas interesadas en crear la sensación de que la inseguridad se tomó las calles y plazas y que la única forma de solucionar este problema sea la mano dura.

Es muy extraño que esta situación de zozobra creciente se suscite apenas a dos semanas de las elecciones a Congreso del próximo 11 de marzo, tanto más cuanto que hay unos caracterizados candidatos que en su programa no registran propuestas sobre empleo, salud, educación, justicia, etc., sino exclusivamente con la necesidad de que sea la Fuerza Pública —Policía y Ejército— quien tenga el exclusivo protagonismo de ser los grandes héroes que sean capaces de recuperar el orden que se salió de las manos al errático alcalde Peñalosa y al Gobierno central. Esta sensación de impotencia de la ciudadanía, y por supuesto de pánico generalizado, solamente sirve al discurso de quienes pretenden intimidar a las gentes y venderles la falsa idea de que hay que votar por los candidatos que interpreten el discurso de la fuerza y del Esmad, de manera que, como lo lograron en la votación por el plebiscito, los sufragantes salgan a votar empanicados y opten por elegir a quienes se presentan como un club de superhéroes que son capaces, pero de todo, con tal de ganarse un puesto en el Congreso, y, por qué no, la Presidencia de la República.

Adenda. De manera que ahora el acoso sexual es por cuenta de la Policía Nacional. ¡Lo que faltaba!

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