Por: Arlene B. Tickner

Kim 1 - Trump 0

Si antes de llegar a Singapur, Kim Jong-un llevaba ventaja en el pulso con Donald Trump, la cumbre lo confirmó como indiscutible ganador.  Además de ser el primer encuentro de la historia entre los jefes de Estado de Corea del Norte y Estados Unidos –lo cual será aprovechado para potenciar la legitimidad internacional y el status nacional de Kim– el “cara a cara” con el país más fuerte del mundo se obtuvo sin ninguna precondición.  

A su vez, después de haber descalificado a Kim como “pequeño hombre cohete” y de haber amenazado con responderle con “fuego y furia”, Trump elogió el “lazo especial” que había formado con él y lo describió como “chistoso”, “muy inteligente”, “talentoso”, “un gran negociador”, alguien que “ama a su pueblo”, “me cae bien” y a quien “estaré invitando a la Casa Blanca”.  De la mano de los excesivos elogios para el líder del régimen más represivo del mundo –que contrastaron con sus ataques al primer ministro de Canadá, Justin Trudeau como “deshonesto” y “débil” luego de la fatídica reunión del G7– Trump concedió sorpresivamente que los “juegos de guerra” estadounidenses en la península de Corea eran “costosos”, “inapropiados” y “provocativos”, y se comprometió a suspenderlos.

Lejos de un acuerdo comprehensivo, el documento de cuatro puntos firmado por los dos líderes en Singapur tan solo reafirma los compromisos genéricos hechos por Kim en la Declaración de Panmunjom -- suscrita en abril entre Corea del Norte y el Sur – en relación con la búsqueda de la paz en la península de Corea y la desnuclearización, mientras que contempla la repatriación de soldados muertos en la Guerra de Corea, tema sensible para Estados Unidos más no estratégico para ninguna de las partes.  Aunque es importante reconocer que no se tenían grandes expectativas frente a la cumbre, como mínimo era de esperarse que diera inicio a una negociación genuina de la desnuclearización “completa, verificable e irreversible” -- que se repite como mantra en Washington como punto no-transable -- con metas específicas y cronograma tentativo.  

Independientemente de la astucia de Kim y la incompetencia de Trump, la falta de avances frente a Corea del Norte no es sorpresiva.  Sudáfrica es el único país del mundo que abandonó de manera voluntaria sus propias armas nucleares, e Ucrania, Bielorrusia y Kazajistán las que heredaron de la ex Unión Soviética.  Para que Irán renunciara tan solo a la posibilidad de tener armas nucleares hubo que hacerle concesiones significativas, las mismas que adujo Trump para salirse de aquél acuerdo.  Así, es ingenuo suponer que a un poder nuclear consolidado como Corea del Norte, se le puede imponer la desnuclearización. 

Aún si se le garantiza a Kim el fin de los ejercicios militares y el retiro de tropas estadounidenses de la península de Corea, la remoción de la “sombrilla nuclear” que cobija a Corea del Sur y Japón, un tratado de paz formal y la eliminación de sanciones económicas, romper el vínculo existente en el imaginario del líder norcoreano entre armas nucleares y la seguridad del país y del régimen no es tarea fácil.  Lo que tal vez diferencia esta coyuntura de los intentos pasados de llegar a un acuerdo es la intención de Kim de volcarse hacia el desarrollo económico, algo que al empresario Trump no le ha pasado desapercibido. 

 

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