Por: Enrique Aparicio

La alfombra mágica

Nos miramos fijamente sin dudar. Hablábamos sin hablar.  Nos estábamos queriendo.  Ya estábamos listos.  Mi novia y yo esperamos unos segundos a que llegara.  Apareció en el horizonte, sin hacer ruido.  Era como habíamos imaginado una alfombra mágica.  Era la alfombra de nuestros pensamientos, de niños llenos de imaginación, como cuando éramos pequeños y la vida era todavía un lugar lleno de luces, de canciones amables, de juegos, de casas y paisajes donde los arroyos eran de miel transparente y los tejados de las pequeñas casitas, llenas de flores blancas, estaban unidos con trenzas de cariño. La alfombra comenzó a elevarse y a leer nuestros pensamientos

Pasamos por una calle y vimos que la gente iba muy rápido, con caras extrañas, serias, mirando sin futuro, no buscando sino más bien dirigiéndose a un universo que no existe, lleno de creencias fatuas, de ideales que no lo son.

A veces pareciera como si nuestra vida dependiera de la lógica de nuestras actuaciones.  De nuestro sistema racional y no de las direcciones del corazón. Se nos motiva a acumular riqueza para poder existir.  Es como si el dolor se causara por falta de algún bien de hierro, acero o ladrillo, pero no por falta de valores humanos o humildad.  Nos damos cuenta de que no somos nadie salvo que nos reconozcan, lo que quiere decir que nuestra existencia depende de la imagen que otros tengan de nosotros.  Las alabanzas son la comida de nuestro ego.  Si cumplimos con lo que piden: que seamos exitosos, ricos y, sobre todo, manejemos el poder, recibiremos el gran premio que nos espera: la inmortalidad.  Por eso buscamos acumular de todo.  Da la impresión de que esta avaricia nos puede llevar a otro mundo donde nos encontraremos con otros con igual codicia.   

Llegó la incertidumbre, la eterna duda de cómo convertirnos en inmortales.  La plata, el auto nuevo, el prestigio que arropa a quienes se creen el cuento dan la sensación extraña  de estar comprando inmortalidad.  Entre más tengas más inmortal eres.  El poder te eleva a nuevas cumbres por encima de lo perecedero.  

Nuestra alfombra mágica nos avisó que pasaríamos una zona de turbulencia llena de nubes oscuras llamadas egos, con lluvias torrenciales.  Las primeras nubes se acercaron, fue necesario agarrarnos como fuera.  La tormenta con los vientos del individualismo hizo que nuestros corazones tuvieran miedo.  Los nubarrones de las mentiras llegaron. 

Sin embargo, a pesar de toda esta mezcla de energías encontradas, es reconfortante descubrir que a lo largo de las diferentes épocas la humanidad no ha perdido la sonrisa, ese rictus que muestra felicidad.  Es una pausa que, aunque puede ser muy corta, da esperanza.

El museo Frans Hals, en Haarlem, está presentando una exposición temporal de grandes maestros del Siglo de Oro holandés —siglo XVI— titulada “El arte de la risa”, con ejemplos de situaciones graciosas que hacen aflorar la sonrisa en quien las mira podemos tratar de entender el humor de los holandeses hace más de 300 años.  Porque, ¿a quién no le hace falta una sonrisa en su vida?  Como dice mi novia: la sonrisa es una curva que endereza muchas cosas.  Cada fin de año es un momento de reflexión y el 2018, un reto para la humanidad.

En las tomas se pueden ver representantes de la sociedad de aquel entonces, donde los holandeses eran famosos por sus chistes y trucos. Rembrandt, Frans Hals, Jan Steen, todos ellos participan con alguna obra en esta exhibición que se muestra en el video.

YouTube:

https://youtu.be/JOhSX2rTxJA

Que tenga un domingo amable.

 

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