Por: Salomón Kalmanovitz

La batalla de los tiempos

En Estados Unidos el gobierno minoritario de Trump está terminando de establecer una dictadura al empacar la Corte Suprema de Justicia de magistrados de derecha. El Partido Republicano lleva varios lustros rediseñando los distritos de votación y haciendo caso omiso de las mayorías demócratas que han ganado el voto popular en las presidenciales para perderlo en el Colegio Electoral, donde predominan los estados rurales, más atrasados y reaccionarios. Igual sucede con el poder legislativo.

Los republicanos han jugado con la extrema derecha por muchos años hasta que los asaltó el señor Trump con sus huestes de racistas y nazis, haciéndose a la posición más poderosa del mundo que abusa de forma incompetente. Desde allí viene destruyendo las bases del orden internacional erigido al final de la Segunda Guerra Mundial que permitió un mundo próspero y en relativa paz por 70 años. Esas bases son la Comunidad Europea y su alianza militar OTAN que las defendieron del embate del socialismo real y ahora del imperialismo de Putin; en lo económico fue la Organización Mundial del Comercio que promueve el desarrollo de los países con reglas aceptadas por todos. Una característica en común de los dictadores es el irrespeto por el Estado de derecho, algo en lo que destaca Trump al debilitarlo sistemáticamente, convirtiendo la Presidencia en una filial de sus negocios.

Se está cocinando una nueva alianza de Trump, Putin y otros dictadores afines (Erdogan, Duterte, la extrema derecha inglesa, italiana, polaca y húngara) para socavar la comunidad de naciones, obstruir los flujos comerciales que han permitido el surgimiento de China, el sureste asiático, México y Canadá, de la misma Europa y amenaza incluso a las corporaciones norteamericanas que viven de la división internacional del trabajo. La nueva reacción introduce también barreras a los flujos migratorios, respondiendo a la paranoia racista, en detrimento los más oprimidos del mundo.

Es también el triunfo de la barbarie que se forja en las entrañas de la sociedad norteamericana a partir de su supuesto excepcionalismo (always great) y el resentimiento producido entre sus trabajadores por las políticas dominantes a favor de los ricos, sin reconocer a los responsables. En el trasfondo están también los cambios tecnológicos y los causados por la globalización que han empobrecido a una parte de la población, pero han enriquecido a buena parte del mundo. Recuérdese que el auge de los precios de las materias primas que ha beneficiado a la América Latina surgió del crecimiento sistemático de la China que Trump pretende abortar.

Trump fue el candidato favorecido por la Rusia de Putin y se siente más identificado con su régimen autoritario que con la Europa democrática que mantiene su Estado de bienestar. Él y los republicanos están socavando las pocas políticas sociales que subsisten en la sociedad norteamericana, como el seguro de salud y la protección de los derechos de la mujer.

Se viene desgranando la batalla de los tiempos en la que el viejo orden internacional está siendo subvertido. Va a ser remplazado por un mundo caótico en el cual primarán los intereses estrechos de cada país, listos a destrozar a dentelladas al vecino, poniendo en riesgo a los regímenes progresistas que quedan. Es el momento de los nacionalistas rabiosos que desconocen el sistema de ley internacional y se alistan para la guerra, sin nada que ganar.

 

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