Por: Ricardo Bada

La caída del muro de Berlín

Pronto hará treinta años del 9 de noviembre de 1989, el día en que cayó el muro de Berlín, después de unas semanas durante las cuales la población de la RDA se echó a la calle al grito de “Wir sind das Volk!” (¡nosotros somos el pueblo!), y le movieron el piso a Honecker y cía. Y escribo compañía en diminutivo, cía., porque luego a los mejores de la Stasi (policía secreta de la RDA) los reclutó la CIA. “Sorpresas te da la vida”, como dijo un filósofo panameño.

Lo que yo recuerdo, y no se me borra de la pizarra de la memoria, es que en 1999, con ocasión del 10° aniversario de la inesperada efeméride, se celebró una sesión especial en el Bundestag (Parlamento federal) de la Alemania unificada, y fueron otros quienes hablaron: por ejemplo, los que se empeñaron durante años y años en que Erich Honecker, el capitoste de la RDA, visitase oficialmente la República Federal de Alemania, y se salieron con la suya y lo recibieron con honores militares, que yo lo vi, en el aeropuerto de Bonn. Con alfombra roja, que es color de protocolo y le iba muy bien al color de la ideología de Honecker.

La lista de oradores en aquella sesión solemne del Bundestag demostró, una vez más, que los políticos alemanes carecen de neuronas para el pensamiento histórico y son aspirantes a campeones mundiales en la carrera de relevos del olvido. Una carrera donde lo esencial es no entregar el testigo.

Viéndolo así, ¡qué pena que la población de la RDA no echase abajo el muro dos días después! Sí, hubieran debido echarlo abajo el 11 de noviembre de 1989, porque ese día, estimados lectores, es en los calendarios alemanes el día en que oficialmente comienza el carnaval. ¿Habría que adelantarlo en el futuro al día 9?, me pregunté entonces, y lo hice además en público, a través de los micrófonos de la Radio Deutsche Welle, emisora que se financia con dinero fiscal, pero no está al servicio del gobierno de turno. De todos modos, mi pregunta cayó en el vacío.

En lo personal, la caída del muro y la posterior unificación alemana me depararon un par de experiencias inolvidables. Una de ellas durante el festival de cine de Berlín, en febrero de 1990, cuando en compañía de la escritora argentina Esther Andradi, berlinesa de residencia, acudimos a la Puerta de Brandeburgo y de repente sentí la necesidad de auparme a la cresta del muro y unirme a la fiesta que tenía lugar allí. Tendí las manos hacia arriba y varias manos me izaron a aquella mole que durante 28 años, dos meses y 27 días dividió a Berlín, Alemania y Europa. Fue uno de los instantes más felices de mi vida. La fotografía que me tomó Esther documenta mi júbilo.

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