Glifosato: el primer caso por muerte que admite la CIDH

hace 1 hora
Por: William Ospina

La carta

Dicen que le preguntaron a Deng Xiaoping si él creía que el Descubrimiento y la Conquista de América eran un acontecimiento definitivo para la historia del mundo, y que él respondió, de manera muy china, que le parecía prematuro opinar sobre un hecho tan reciente.

En ese sentido tal vez no tienen razón los que opinan que la carta del presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, al rey Felipe VI de España, pidiéndole que la Corona se disculpe por las atrocidades de la Conquista, es un anacronismo.

El hecho no puede estar tan refundido en las nieblas del pasado si todavía gobierna España un rey que es heredero, después de varias restauraciones, de la Casa de Trastámara y de la Casa de Austria, que tuvieron mucho que ver con aquella Conquista.

Al parecer López Obrador no está buscando tanto las disculpas reales, sino abrir un debate en vísperas de la doble conmemoración de los 500 años del desembarco de Hernán Cortés en tierras mexicanas, y de los 200 años de la Independencia de nuestros países.

Sería una suerte de ejercicio pedagógico formulado no en los términos habituales y excluyentes de áridos y acartonados simposios de académicos, sino recurriendo al estilo de la época, de hechos noticiosos, grandes titulares, novelería de las redes sociales, y una alarmada y a menudo efímera polvareda de memes y de tweets.

El debate es importante, y ya un miembro destacado de la aristocracia española, el marqués Mario Vargas Llosa, que lleva un título similar al que ostentó en su tiempo Francisco Pizarro, ha intervenido en la tribuna del Congreso de la Lengua, en Córdoba, Argentina, para deplorar que el presidente López Obrador haya equivocado el destinatario y no se haya enviado el mensaje más bien a sí mismo.

Dice con razón que los verdaderos responsables de las actuales desdichas latinoamericanas son los gobiernos de Latinoamérica, y que los españoles que hicieron esa conquista fueron nuestros bisabuelos y no los de los ciudadanos que hoy habitan la península ibérica. Sin embargo, se esfuerza por ignorar que quien se reclame heredero de la vieja tradición monárquica española, que remonta a los reyes católicos, algún juicio crítico tiene que tener sobre el modo como sus mayores fundaron y dominaron el mayor imperio geográfico de la modernidad.

Discutir estas cosas es sano, y Vargas Llosa, que tiene la tendencia a rechazar toda reivindicación cultural del mundo indígena y de sus cosmovisiones calificándola de indigenismo, y asociándola mecánicamente con el terrorismo, debería darnos una lección de sutileza admitiendo que de la Conquista todavía se puede hablar y discutir, sobre todo para no permitir que el viejo colonialismo arrogante de las metrópolis siga descalificando todas las disidencias latinoamericanas del modelo global.

Porque hay un modelo planetario, económico, cultural y político, muy apreciado por Vargas Llosa, que está llevando al mundo a una crisis de proporciones cósmicas, y muchos gobiernos serviles con ese modelo depredador han recibido el apoyo constante del gran escritor, quien sólo ahora parece descubrir que aquí también las élites y no sólo los pueblos son responsables de lo que nos pasa.

En otros tiempos las cartas a los reyes no llegaban nunca; hay que alegrarse de que ésta llegó, aunque no reciba respuesta. Es el rey de España, con sus coronas y sus collares, la persona que menos puede, en todo el ámbito de la cultura hispánica, declarar superado el ámbito de esas viejas hazañas de la monarquía.

Lo que sí olvida López Obrador es que ese reclamo a España, lícito en el campo de la cultura y de la memoria histórica, cuando desde siempre tenemos una lengua, unas religiones y unos sueños comunes, está a medias saldado en el campo de la política.

Y lo está, por una razón que no nos conviene ignorar en estos años del Bicentenario, y es que a España ya le cobramos su deuda precisamente con esas batallas apasionadas y heroicas que fundaron hace dos siglos nuestras naciones y que expulsaron al ejército feroz de la Reconquista. No sé si otros, pero yo me siento orgulloso de no ser súbdito de ningún rey, y de haber relegado el discreto encanto de los reyes al cofre siempre grato de los cuentos de hadas.

También me siento orgulloso de ser americano. Amo y venero a España, pero me gusta repetir con Borges que hace 200 años tomé la decisión de dejar de ser español, y a lo largo de muchos años he denunciado a esas élites mezquinas y corruptas que aquí se siguieron comportando como españolas después de la Independencia, que heredaron las costumbres y las tierras de la Colonia, o después se apoderaron de ellas por los mismos métodos abusivos, y han impedido con toda eficacia el avance de la cultura, de la democracia y de la originalidad en nuestro continente.

Igual España ha luchado por dejar atrás ese modelo clerical, autoritario y fanático, y construir una nación moderna, capaz de alegría y de convivencia. Pero para nosotros era más difícil, porque aquí había indios y negros a los que se les negaba hasta la condición humana, porque la violencia política perpetuó el feudalismo, y todavía hoy seguimos llenos de señores de la guerra.

No cabe duda de que estos debates son apasionantes, son necesarios, y todo el mundo debería participar de ellos. Y si el joven Bolívar le arroja por tierra el sombrero al príncipe Fernando VII, Vargas Llosa no debe reaccionar con tanta alarma: en ese patio hasta la misma reina sonrió con indulgencia.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de William Ospina

Guido

De la poesía como delito

“Roma”

Duque