Por: Francisco Gutiérrez Sanín

La carta robada

Una de las formas más hábiles de diversión es operar a la luz del día. Algunos lectores recordarán el cuento de Poe del que he sacado el título de esta columna. El protagonista tiene que encontrar una carta —y al granuja que la hurtó—, sabiendo ya que la policía buscó con todas sus técnicas especializadas en los lugares más recónditos. Entonces se le ocurre un pepazo genial: la carta debe de estar a la vista de todos, sobre una mesa (si no recuerdo mal). En efecto, la encuentra.

Este Gobierno está lleno de cartas robadas. Por ejemplo, Duque dice que apoya la paz, pero tanto él como todos sus funcionarios proceden con la mayor mala fe contra la paz realmente existente, es decir, contra el acuerdo que se firmó. ¿Cuántas veces ha salido Duque a apoyar o a tratar, digamos, de financiar el proceso? Ninguna. ¿Cuántas veces ha tratado de meterle reformas que la desnaturalicen aún más, o simplemente de sabotearla? Muchísimas. Casi semanalmente. Lo mismo se puede decir de sus funcionarios, a veces con los pretextos más absurdos. Por ejemplo, el flamante director encargado del programa de sustitución de cultivos (PNIS) dijo que este apenas ha generado la sustitución de 41.000 hectáreas. ¿Saben cuántas hectáreas sustituyó el gran programa (Familias Guardabosques) de su caudillo, Uribe? Menos de la mitad, en seis años. El personaje solamente está buscando un pretexto para poder rociar con veneno a los campesinos.

Algo análogo sucede con la cacareada lucha contra la corrupción: “El que la hace la paga”, y la conformación de un “bloque de búsqueda” contra el fenómeno. Puro humo. De nuevo la evidencia está debajo de nuestras narices. Esta cosa —si me permiten la alusión— se volvió una piñata. Lo cual no es casual. Porque la retórica uribista —como lo planteé en esta columna hace rato— nunca, pero nunca, responde a una acusación con un desmentido; lo hace inevitablemente con una contraacusación. Esto le permite escamotear los hechos y pasar al ataque simultáneamente. El defecto de tal técnica también es doble: bloquea cualquier corrección y es brutalmente agresiva. Por eso el pobre de Hassan Nassar se cogió los deditos en el programa de Vicky Dávila, que de hecho de pronto al principio quería darle una mano: pero el único argumento que tenía a la mano era “tú también lo haces” (que en este caso sea más bien cierto sólo hace más deprimente aún el episodio).

O piensen en la famosa resistencia de Duque a distribuir mermelada. Paja. Las cartas también están aquí debajo de nuestras narices. Lo que pasa es que la mermelada debe caer sólo sobre el círculo íntimo, porque si no las distintas facciones del movimiento empiezan a convulsionar. Al menos los hechos —incluyendo los recientes nombramientos ministeriales— han corroborado una y otra vez esa hipótesis. Pueden darles una cucharadita a las fuerzas que estén lo suficientemente mal como para conformarse con ella. Pero el gordo frasco de dulce se reserva a los fieles y su parentela.

O tomen la promesa de “transparencia”. El uso y abuso del término ha venido acompañado de iniciativas del partido de gobierno para castigar el acceso a la información y de bodeguitas para trolear a la prensa. Esto a veces se combina con mentiras abiertas. ¿Se acuerdan de cuando los promotores de la movilización del 21 de noviembre de 2019 criticaban la reforma laboral y pensional? Eso se volvió un tema central para los voceros gubernamentales, incluido el presidente. Se desgañitaron diciendo que era escandalosamente falso que tales reformas estuvieran en curso. Pero sabían ya que era cierto.

¿Y qué tan transparentes les parecieron las condolencias del comandante del Ejército a propósito de la muerte de un renombrado sicario (cuya única cualidad redentora consiste en haber muerto en olor de uribismo)? ¿Conocen alguna declaración análoga sobre, digamos, los líderes sociales asesinados en los últimos años?

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2020-02-14T00:00:14-05:00

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