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Por estos días una cifra se ha metido en las conversaciones del país: cuatro dígitos que se multiplican en las pantallas y que lentamente comienzan a aparecer entre las superficies de la ciudad. En la avalancha de números que nos deja la guerra, donde un muerto tapa a otro, esta cifra permanece no como un murmullo, sino como una certeza del horror. Alguien la nombra en voz alta y el sonido se convierte en una plegaria que intenta darle nombre y rostro a cada vida. Pero también hay quienes al pronunciarla buscan reducirla a una mentira.
Nuestra cifra (y digo “nuestra” porque está en nosotros y somos parte de ella), no es la suma individual de cuerpos y un acumulado al que se llega cuando termina el conteo: es una marca que se queda como una astilla incrustada más allá de la piel. Al movernos la sentimos porque es una herida que se abre a cada paso, porque caminar en Colombia es andar sobre muertos.
Esa cifra no requiere palabras o subtítulos para evocar su significado, pues ha dejado de ser un número y se ha convertido en un signo. Basta con verla o decirla para abrir un campo de sentido en el que gravitan las palabras dolor, masacre, rabia, crimen, Estado, Fuerzas Militares, campesinos, padres, hermanos, hijos e hijas. Cada letra de cada palabra de cada nombre es un punto necesario en la constelación de nuestra memoria: decirla es un acto de justicia.
A diferencia de otros números con los que nos relacionamos, los que componen esta cifra no son fáciles de recordar, de esos que se adhieren sin esfuerzo a nuestros asuntos. Sin embargo, tienen otra música y otra sonoridad que los fijan en nuestro registro individual y también en la memoria colectiva. De seguro si el dato hubiera sido 6400 o 6500, éste habría pasado inadvertido entre tanta información cotidiana. Son los últimos dos dígitos, el 0 y el 2, los que dan fuerza al relato que tanto han intentado borrar, como antes lo hicieron con la vida que precedía a cada una de las víctimas.
Desde ahora bastará ver la cifra en la portada de un libro, en el título de una columna, en una pared, en un aviso o en una camiseta para recordar que en Colombia el ejército asesinó a civiles. No hay motivos, no hay explicación que baste ante un horror de tal magnitud. La cantidad, la repetición de patrones y la concentración en el tiempo habla de sistematicidad, táctica y degradación. Negar este hecho no es indiferencia, no es solidaridad de cuerpo, es complicidad.
Esta cifra es plural: multiplica los gritos que salen de la tierra, la exigencia de justicia de los familiares de las víctimas y la impunidad con que intentan cobijarse los responsables. Esta cifra está en nosotros, pues nos grabaron en el cuerpo, como a los condenados de Auschwitz, un infierno personal.
