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“Marco Polo dijo: el infierno de los vivos no es algo que será; si existe, es lo que ya está aquí, el infierno donde vivimos todos los días, el que formamos al intentar existir en conjunto. Hay dos maneras de escapar a él. La primera es fácil: aceptar el infierno y tornarse tal parte de éste que ya no lo vemos a nuestro alrededor. La segunda es arriesgada y exige vigilancia constante y prevención: buscar y aprender a reconocer quiénes y qué, en medio del infierno, no son infernales, y hacer que éstos perduren y darles a ellos espacio”.
Es importante reconocer qué es y qué no es infernal en nuestras ciudades y a la vez crear el espacio para apoyar la perdurabilidad de lo que y quienes no son parte de ese infierno cotidiano. Nuestra ciudad es, de cierto modo inverosímil y enigmático, tan invisible como las de Italo Calvino, aunque dolorosamente menos poética o evocativa. Como lo han señalado otros autores, la forma de la ciudad no es visible en las políticas públicas porque estamos muy lejos de que ésta sea un problema público y político. A esto se podría sumar que su arquitectura es un hecho crudamente comercial y si acaso, publicitario o mediático o “inteligente”.
El origen de la capital del país es la ciudad fantasmal fundada pero nunca vista por Gonzalo Jiménez de Quesada. Para trazar calles y repartir tierra en ese lugar de América serían necesarios como antecedentes la invisible Ciudad de Dios de San Agustín, la urbe ideal del fraile valenciano Eiximenis (siglo XIII) y la ciudad imaginaria de las Leyes de Indias. ¿Alguien vio alguna vez la metamorfosis del pueblo colonial de Santafé en la presunta Atenas Suramericana del siglo XIX? ¿O de pronto sus imaginarios bulevares seudoparisinos? ¿Alguien sabe dónde se sitúa y se puede ver esa Bogotá soñada (¿con pesadillas?), dibujada, exhibida pero invisible, de los preceptos catecísmicos de Le Corbusier?
Nadie ha visto jamás esa intangible ciudad capital de hoy, que tiene un solo habitante en ella, su incidental burgomaestre —que no al-caïd— de una ciudad subterránea (el metro), invisible; aérea (el nuevo aeropuerto), invisible; terrenal pero imaginaria (las megautopistas), invisible; o desconocida y por lo tanto, invisible, la que huye, en las noches, aunque inmóvil, hacia el páramo de Sumapaz o los confines montañosos de la sabana cundinamarquesa y que plantea el duro interrogante visual: lo que allí se imagina —¿o se ve?— como un espejismo ¿es una ciudad u otro círculo del infierno?