3 Oct 2010 - 2:59 a. m.

La ‘co-optación’ de Lula da Silva

SON DOS LAS ESCUELAS DE PENSAmiento. El presidente brasileño Lula da Silva ha sido co-optado por ‘the powers that be’, los poderes mundiales no necesariamente elegidos, y perdía en la operación toda su dentadura izquierdista...

SON DOS LAS ESCUELAS DE PENSAmiento. El presidente brasileño Lula da Silva ha sido co-optado por ‘the powers that be’, los poderes mundiales no necesariamente elegidos, y perdía en la operación toda su dentadura izquierdista; o bien el jefe del Estado de Brasilia ha engatusado a esos poderes con una moderación que no oculta una tentativa de conmoción universal: el ascenso de un país considerado del Tercer Mundo al escalón de las superpotencias. Y hoy domingo, 3 de octubre, Brasil elige presidente, 27 gobernadores de Estados o departamentos, dos tercios del Senado y todos los diputados tanto nacionales como regionales para decidir, entre otras cosas, sobre la continuidad de un proyecto desarrollado por Lula en sus dos mandatos anteriores, aunque la candidata a la primera magistratura tenga que ser por razones constitucionales su mano derecha, la señora Dilma Rousseff.

Esos ocho años de ‘lulismo’, y en especial los últimos cuatro, se resumen en un acto de equilibrismo político verdaderamente excepcional. Con unas mayorías de algo más del 60% en las elecciones de 2002 y 2006, el presidente brasileño ha sabido encender una vela a Dios y otra al diablo —y que cada cual decida quién es el uno y el otro—, manteniendo sabiamente un pie en cada campo. El presidente ha estado representando a su país en Davos, el foro de aquellos poderes, y en el G-veintipico, con los grandes elegidos del planeta, al tiempo que era la estrella en la reunión alter-mundista y anti-globalizadora de Porto Alegre; firmaba en abril un acuerdo de cooperación para la Defensa —sin cesión de bases— con Estados Unidos, mientras acordaba en mayo con Francia un plan de rearme que hará de Brasil la primera potencia militar de América Latina y el séptimo país del mundo en poseer submarinos nucleares; y mientras peleaba entre bastidores con su colega venezolano, Hugo Chávez, por el liderazgo de la izquierda continental, apaciguaba cualquier temor de los inversionistas internacionales con el respeto que mostraba al capitalismo global. De acuerdo con la primera escuela, la de la co-optación, Lula habría sido devorado por lo que Gramsci llamaba ‘la resistencia pasiva’ de las élites, o en otras palabras su capacidad de seducción. Y su recompensa sería la celebración de la Copa del Mundo de Fútbol en 2014 y los Juegos de 2016 en Río, sin reparar en que las favelas cualquier día se pueden desplomar sobre los estadios.

El despliegue internacional de Lula ha sido impresionante. Ha efectuado más de 200 viajes al extranjero y dormido 385 noches fuera de Brasil; ha abierto 36 nuevas embajadas y consulados, con lo que Brasilia tiene ya representación diplomática en casi un centenar de países y más de 1.400 diplomáticos profesionales, contra algo más de un millar cuando llegó al poder; y a diferencia de sus predecesores que se encaminaban preferentemente a Estados Unidos y Europa, las dos terceras partes de esas visitas se han dirigido a Asia, África —la conexión afro-descendiente— y América Latina.

Esa afición de ‘globe-trotter’ expresa su aspiración a entrar en el selecto grupo de los grandes protagonistas internacionales, como cuando metía la cabeza en el avispero de Oriente Próximo, ofreciéndose como mediador allí donde Europa se abstiene y el presidente norteamericano Barack Obama persevera proponiendo soluciones que Israel ignora olímpicamente. Lula, macrocifras en mano, subrayaba como ejemplo que los 120.000 judíos y los 10 millones de árabes brasileños —de ellos seis millones de descendientes de libaneses, más que los habitantes del país de los cedros— se entienden perfectamente, como si eso fuera una gentileza especial de la casa. Y su mediación ante el gobierno iraní para que enriquezca su uranio de forma que el mundo compruebe que no oculta designio atómico alguno, constituye su presentación de cartas credenciales para optar al estatus de gran potencia.

Lula ha dicho que la señora Rousseff, de la izquierda de su partido, el del Trabajo, a la que se da como segura vencedora en las presidenciales de hoy, no ocupará el sillón presidencial un solo mandato para calentarle el sitio, sino que el titular le augura dos períodos, pero no por ello menos la candidata habla incesantemente de continuidad en el ejercicio de su cargo. También se le atribuía casi universalmente en Colombia esa aspiración a Juan Manuel Santos, pero la experiencia demuestra que a las presidencias las carga el diablo. De continuidad quiere asimismo hablar Hugo Chávez tras los comicios del domingo pasado, pero su derrota en votos populares ante una oposición que sigue siendo medio clandestina de liderazgo, nos dice de nuevo todo lo contrario. En la pugna por el cetro del izquierdismo continental, habida cuenta de que el poseedor vitalicio del título, el cubano Fidel Castro, está virtualmente retirado de las competiciones, hoy parece está mucho más a la mano de Brasilia que de La Habana.

Co-optado cauteloso u ocupante por la puerta trasera del palacio de Invierno, Lula puede esperar uno o dos mandatos para optar de nuevo a la presidencia. Pero Brasil, con Rousseff o hasta con el candidato de la oposición —el improbable José Serra—, mande quien mande en el país, el curso neo-imperial iniciado por el presidente Lula, tanto si alcanza el éxito o fracasa, lo que no puede es detenerse. En Washington, de igual manera con Obama o con quien le suceda, lo ven ya con extrema irritación. Para eso creían que lo habían co-optado.

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