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hace 4 horas

La columna de Felipe Zuleta

Con el menor atisbo de un propósito de censura a la opinión libre de sus columnistas, me siento impelido a referirme de nuevo (ya lo había hecho) al colaborador Felipe Zuleta Lleras.

Para empezar, soy consciente de que el citado Señor cuenta con lectores que lo apoyan y que son solidarios con el talante de sus escritos. En ese sentido y puesto que, entre otras cosas, el periódico es un negocio, las ventas que él pueda asegurar justificarían su inclusión entre la nómina de sus periodistas. Pero no nos digamos mentiras: el nivel intelectual del señor Zuleta es significativamente inferior al de todos, sin excepción, los columnistas de opinión. En ese sentido, su pertenencia al conjunto resulta chocante con el nivel general del periódico y le resta validez al argumento económico.

Otra reflexión que no puedo omitir se refiere a la pregunta de qué clase de méritos, no siendo la calidad real de sus escritos, exhibe el señor Zuleta que le permiten mantener fieles lectores. No creo equivocarme si afirmo que esa profesión de permanente acusador calumnioso y sin pruebas, en la que el único sustento real que se percibe es el odio, encuentra individuos de una malevolencia similar y objetos de odio coincidentes.

Y vaya un ejemplo: su último artículo del domingo, 5 de abril, deja sentir con claridad ya no sólo su exageradamente exhibido odio al presidente Uribe sino a todo lo antioqueño. Y pone en vitrina la enorme frivolidad de su estructura argumentativa. Un respetable sustento a la tesis de su escrito según el cual por una “rampante iniquidad”  Antioquia ha gozado de privilegios en las asignaciones presupuestales por voluntad de la Casa de Nariño, debería ser sustentada con algunas cifras reales. Pero no hay nada de eso.

Para ilustrar su argumento cita las “carreteras antioqueñas y sus millonarios túneles que conectan a Medellín con las fincas de los ricos”.  Desconoce lo que todo el mundo sabe y es que las carreteras de Antioquia están entre las más malas del país. Y el túnel al que se refiere debe ser el de occidente, construido para evitar el tránsito por uno de los tramos carreteables más atrasados y peligrosos que uno se puede imaginar, uniendo a Medellín con su salida natural al océano Atlántico y no propiamente con las fincas de los ricos. Y por último, construido por concesión y no con recursos del Estado.

¿Y qué tal su argumento cuando propone al lector que imagine los razonamientos del presidente Uribe ante el presidente Clinton para descalificar otras ciudades diferentes a Medellín en la escogencia para la asamblea del BID? ¿Y qué tal el otorgamiento del símil “Polvo bajo la alfombra” a las nuevas bibliotecas construidas en barrios populares? ¿Y qué tal la atribución a la construcción de esas y otras obras a esfuerzos del presupuesto nacional, desconociendo maliciosamente que se debe a logros de administraciones locales que han hecho uso juicioso de sus recursos propios?

¡No hay derecho para el despliegue de tan bajas intenciones en medio de una pobreza intelectual tan notoria!

La vinculación de ese señor a El Espectador  es asunto de discrecionalidad de ustedes. Pero, con todo respeto, es opinión de muchos que, como yo, pensamos que desdice de la respetabilidad del medio y no justifica, por su pobreza ética, el llamado a la libertad de prensa para defender odio, calumnia y malevolencia.

 Jorge Hernán Abad Cock. Medellín.

Fobias antirreligiosas

Deplorable e injurioso a valores fundamentales el novelón que desplegó en las primera, 14 y 15 páginas, la edición del domingo último, con el título “Reportaje”.

Con medias verdades e interpretaciones sesgadas, infundadas y malévolas, creen informar y resultan desinformando a la opinión pública, con falta elemental del respeto y consideración debidos a persona alta de la religión católica.

Es también desafortunada, por decir lo menos, la opinión sobre el poder, tomándolo desde parámetros temporales, que desentonan y carecen de sentido ante los hechos y enseñanzas del Señor Jesús, quien anunció ante la autoridad romana: “Mi Reino no es de este mundo”.

El descargar fobias antirreligiosas no aumenta el prestigio y credibilidad del diario.

La última palabra la tendrán siempre la verdad y el bien.

 José de Jesús Pimiento Rodríguez. Arzobispo Emérito de Manizales.

Rastros y rostros de los billetes

El Bicentenario da para todo. En Argentina se discute en este momento el cambio de los personajes de los billetes. Aunque hace dos semanas, la mayoría pedía a Maradona en el billete de 50 pesos, después de la goleada de Bolivia ya no aparece en los sondeos. Vean esto: “Según las primeras versiones en el billete de 2 pesos estaría el cirujano René Favaloro, en el de 5 el Premio Nobel de Química Federico Leloir, en el de 10 el músico Astor Piazzolla, en el de 20 el escritor Adolfo Bioy Casares y en el de 50, el también escritor Jorge Luis Borges”. En el caso de Borges, estoy segura de que no le gustaría para nada la idea. Por qué no pensar en la música. ¿Un billete de Seru Girán o de Soda Stereo? O en el cine, ¿un billete de Tango feroz o de No te mueras sin decirme a dónde vas? Mejor ni pensarlo.

En el (bajo)fondo, ¿será que realmente aparecer en un billete es un honor? ¡Ni me imagino el pavor que sentiría si en Europa hubiera un billete con el rostro de Holderlin, de Byron o de Blake! Mejor nos iría con billetes sin rostros. Simplemente la literalidad del capitalismo. Una cifra y ya.

Nosotros, en Colombia, que tenemos a Gaitán, Santander, Silva, la India Catalina, Garavito (el científico), y Jorge Isaacs ya nos adelantamos a ese debate. Ya el pobre Silva, que en vida fue arruinado por baldosines y misiones diplomáticas, es agraviado en un billete y su poema “nocturno” es vilipendiado por el metal más frío que la tumba.

 Ana María Amaya. Buenos Aires.

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