Por: Daniel Pacheco

La conclusión repugnante

¿CUÁNTA GENTE DEBERÍA HABER EN el mundo? ¿Se puede hablar de “sobrepoblación”? Es decir, ¿existe un número límite de personas después del cual las demás vidas humanas serán indeseables?

Estas preguntas surgen luego de adquirida la conciencia ambiental que nos embarga hoy, sobre los efectos adversos de la población humana en el planeta. Una preocupación latente que se está esparciendo por todo el globo. Para la muestra está la reunión de los presidentes más poderosos del mundo en Copenhague la próxima semana para hablar de temas ambientales.

Pero además de los afanes diarios por reciclar, salvar a los osos polares y abrazar a los árboles que aún quedan en pie, la conciencia ambiental que se impone nos lleva a conclusiones repugnantes. Esto es lo que sostienen algunos filósofos del campo de la ética aplicada.

Vamos paso a paso. Las épocas cuando creíamos que el único límite de crecimiento humano estaba determinado por el nivel de progreso social y tecnológico se acabaron. Hoy estamos de acuerdo en que cuanta más gente haya en el mundo —por muy eficientes que sean los carros, por ilimitada que sea la energía, por muy barata y abundante que sea la comida— el nivel de vida promedio de todos irá decayendo. Esta es una afirmación poderosa.

En un mundo como el actual, con aproximadamente siete billones de personas, el nivel de bienestar promedio sería más alto que en un mundo con 14 billones de seres humanos. ¿Pero cuál es mejor? ¿Cuál mundo es más deseable?

Según el filósofo inglés Derek Parfit, profesor en la Universidad de Oxford, el segundo mundo es preferible porque, aunque el nivel de bienestar es menor, hay más vidas que siguen valiendo la pena ser vividas. No son tan felices como en el mundo de siete billones, pero están bien. Sin embargo, pensemos ahora en un mundo con 28 billones de personas. De nuevo, baja el nivel de vida promedio, pero si la vida todavía no es agradable, es mejor tener 28 billones de vidas que valen la pena vivirse a siete billones muy bien vividas.

Si uno continúa en esta progresión utilitaria se estrella con lo que Parfit llama la conclusión repugnante: es mejor tener un mundo con mucha gente a duras penas por encima de la línea entre el bienestar y el malestar, que más poquita gente muy por encima de esa línea.

“Una vida podría ser así”, dice Parfit sobre el mundo repugnante, “tanto porque sus éxtasis hacen que sus agonías sean a duras penas soportables, o porque es anodina y plana”.

El propósito de la humanidad en este nuevo mundo de conciencia ambiental, ese que tal vez se empiece a acordar en Copenhague, sería entonces reproducirse hasta tener la mayor cantidad de gente y parar justo antes de llegar al punto en el que deja de valer la pena vivir la vida. Repugnante, ¿cierto?

Pata: Nos tomaron 165.000 años para llegar a tener un billón de personas sobre la Tierra, más o menos en el año 1800. Luego, sólo 130 años para llegar al segundo billón, en 1930. Treinta años después, en 1960 llegamos al tercer billón. Sumamos el siguiente billón en sólo 14 años, en 1974. El quinto nos tomó 13 años (1987) y el sexto 12 años (1999). Hoy estamos cerca del séptimo billón.

 

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