Por: Eduardo Sarmiento

La crisis argentina

Hace un mes en esta columna anuncié que los países emergentes operaban con estructuras económicas débiles que los exponían a grandes inestabilidades y recesiones. Más aún, anticipe que luego de la crisis de Turquía vendría la de Argentina. En efecto, la economía argentina experimenta una caída del producto de 6 %, devaluación del peso de 50 % y tasa de interés de 60 %.

La economía argentina viene mal de tiempo atrás. Luego de dos años de recesión, logró una recuperación el año anterior y en los primeros meses del actual, pero no ha podido superar el déficit en cuenta corriente. Por el contrario, en la medida que la producción se reactivó se agravó el déficit en cuenta corriente, que obligó a acudir a un préstamo de US$50.000 millones al FMI, que tiene como contraparte un severo programa de ajuste para eliminar en un corto plazo tanto el déficit fiscal como el déficit en cuenta corriente.

El programa del FMI agravó el panorama. A la contracción proveniente del sector externo, se agregó una reducción notable del déficit fiscal que amplificó la caída de la actividad productiva y precipitó salidas de capitales que dispararon la devaluación. Y en el desespero, las autoridades económicas elevaron la tasa de interés hasta situarla en 60 %. La economía fue sometida a tres choques: devaluación masiva, reducción del déficit fiscal y elevación de la tasa de interés a cifras estratosféricas. ¿Qué otra cosa se quería? El producto nacional se desplomó y la tasa de cambio y la tasa de interés alcanzan niveles absurdos que tienden a acentuarlo.

El programa de ajuste del FMI fue el detonante del colapso. Se replica la política tradicional de enfrentar la escasez de divisas con políticas contractivas guiadas por la supremacía del mercado. Curiosamente, el diagnóstico y los resultados son similares a los del programa adoptado en Colombia en 1999, que significó la mayor recesión de la historia registrada, y no muy diferente al aplicado en 2015.

La crisis de Argentina contiene un alto componente sistémico, que es común a los países emergentes y tiene como epicentro América Latina. La tasa de interés cero ha reducido la eficacia de la política de los bancos centrales para lograr el balance interno. Las economías operan con exceso de ahorro por debajo de sus posibilidades. De otro lado, la manipulación de las tasas de cambio, las medidas proteccionistas y los TLC aplicados en los países desarrollados han configurado balanzas de pagos deficitarias en los países emergentes con serias dificultades de financiación y baja respuesta a las variaciones del tipo de cambio. La política monetaria es limitada por la tasa de interés cero y la fiscal, por las exigencias del FMI. Los países no disponen de medios para conciliar la recuperación y los faltantes de la balanza de pagos.

Los responsables de la crisis son el FMI y los bancos centrales, que pretenden enfrentar las deficiencias estructurales y anomalías comerciales con políticas recesivas que frenan la producción y deprimen el salario. En cierta forma estamos ante el fracaso de la trilogía macroeconómica de autonomía al banco central para fijar las tasas de interés, tipo de cambio flotante y austeridad fiscal. La alternativa es el modelo de intervención monetaria y cambiaria que he sugerido en oportunidades anteriores en artículos y libros. Sus elementos centrales son la intermediación en el mercado cambiario vendiendo divisas, política industrial y comercial, y coordinación fiscal y monetaria. Así las cosas, las economías quedarían en condiciones de enfrentar las dificultades externas dentro de un marco de crecimiento y conservación del salario.

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