NO ENTIENDO NADA. ME SOMETÍ al sufrimiento intenso de seguir por televisión una tenida presidencial que a veces parecía un consejo comunal, otras una rueda de prensa y otras un diálogo de sordos. Resistí hasta cuando se le estaba volando la piedra al señor presidente, momento cuando recurrí al zapping, pues mi filosofía de vida me impide entrar en confrontaciones personales y hacer presencia en las rabicanas ajenas. Pero hasta ese momento no entendí nada.
A estas alturas no sé si las empresas que funcionaron como pirámide eran legales, pero captaban dinero ilegalmente; no comprendo cómo lo que esas empresas pagaron en impuestos es dinero limpio —nadie habla de devolución en ese sentido— y el que entregaban a sus seguidores es sucio; no me cabe en la cabeza que apenas ahora el Gobierno las intervino si llevábamos meses de la feria de pirámides. No me basta que, una vez más, el presidente Uribe asuma la responsabilidad total de un asunto: la experiencia nos ha enseñado que es la manera populista como deja al pueblo henchido en olor de su probidad y berraquera, que ni a la corta ni a la larga resulta en sanción alguna. Por ejemplo, cuando el chalequito de la Cruz Roja en la operación de rescate asumió la negación del hecho, luego, cuando ya no pudieron ocultar el asunto, se sacudió mediante la manida maniobra de declararse engañado y no pasó nada. Lo mismo puede suceder con esta nueva toma de responsabilidad por la tardanza imperdonable con que actuó el Gobierno: los colombianos que invirtieron recibirán, todos por igual, lo que logren rescatar, una fórmula perversa que dice favorecer a los más pobres. Los impuestos recibidos, en el tesoro público seguirán. Y ya tendieron el ramo de olivos a los que devuelvan de motu proprio lo recaudado, de manera que serán exonerados de culpa, así sin más. Y la responsabilidad asumida por Uribe, el presidente, se transformará en mayor índice de aceptación para Uribe el candidato.
Un pueblo que masivamente se sirve en bandeja para que lo esquilmen sin tener contrato ni respaldo diferente a una tarjeta prepago o unos papelitos de risa, que a pesar de todo lo que hemos conocido de las amistades non sanctas del presidente, de las actuaciones extrañas de sus áulicos de palacio, del modus operandi de su bancada política —con muchos políticos encanados y muchos otros ad portas de unírseles— lo sigue apoyando, un pueblo que a pesar de estar acogotado por la difícil situación económica del país, donde no existe inversión social sigue adorando al presidente que lo abre de piernas a los inversionistas extranjeros, es un pueblo bobo y crédulo que traga entero y digiere lo que le echen. Eso es lo único que saco en claro del galimatías de la cuadratura del círculo piramidal: si siguen creyendo que Uribe es el divino salvador, tenían que creer en David Murcia y su mágica multiplicación de los pesos.