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Cambridge Analytica es una pesadilla para Facebook. Mark Zuckerberg, fundador y director ejecutivo de la red social, estuvo la semana que pasó sentado 10 horas frente al Congreso de Estados Unidos respondiendo dudas de los legisladores sobre los usos y abusos de los datos de millones de usuarios de la plataforma. El periodista que escribe sobre tecnología en el NY Times, Kevin Roose, decía en The Daily (el fantástico Podcast del Times) que por momentos el joven Zuckerberg parecía un sobrino o un nieto explicando a un tío o un abuelo cómo se pone un “me gusta”, cómo se suben fotos y videos y para qué sirve agregar amigos. Lo que Roose señalaba es que los legisladores parecían entender poco del funcionamiento más básico de Facebook. Hacían preguntas que haría un niño de 4 años y Zuckerberg, con paciencia, trataba de explicarles paso a paso. No será tarea simple regular las redes sociales si los encargados de la legislación no entienden el objeto de esa regulación. También, es justo decirlo, algunos congresistas preguntaron cuestiones difíciles: ¿siente usted que Facebook es demasiado poderoso? ¿Podría explicar cómo es que Facebook gana dinero y dónde está el negocio? ¿Se sentiría cómodo entregando ya el nombre de su hotel y el cuarto en el que se está quedando? ¿Hubo alguna directriz para establecer un sesgo en los algoritmos? ¿A cuántos empleados ha despedido Facebook por el escándalo de Cambridge Analytica? A propósito, la respuesta a esta última es: a nadie.
Es sano que un señor con la riqueza y el poder de Zuckerberg vaya encorbatado y con cara de niño bueno al Congreso de su país a responder las preguntas que, seguramente, muchos de sus usuarios quisieran hacerle. Es bueno que el Señor de la Tecnología no se sienta por encima de la ley y del control político. Dicho esto, sería sano también que los usuarios asumieran una parte de la culpa en lo que ha pasado. Y es obvio que Zuckerberg, cuyo objeto multimillonario de negocio son sus usuarios y sobre todo los datos de esos usuarios, no hará esta reflexión. El buen Mark no dirá que él también esperaría que sus usuarios cuiden más lo que comparten en sus redes. El negocio, precisamente, es lograr que la gente lo comparta todo, todo el tiempo. Internet, lo han dicho ya, es un medio de inteligencia masiva. Consiste en saberlo todo de usted: su ubicación, su zona horaria, su rutina de lectura, de ejercicio, de trabajo, sus reuniones, citas, contactos, frecuencia de conversaciones, con quién, cuándo y por cuanto tiempo. También sus gustos en la cocina, en el cine, en el sexo.
Y el negocio, que es fabuloso, tiene un ingrediente adicional: usted decide compartir esta información porque sí, porque quiere, porque “por eso no cobran”. Haga el ejercicio en sus redes. ¿Qué tanto puede saber de la rutina de sus “amigos”? ¿Ponen ellos fotos de la comida que consumen? ¿De los libros que supuestamente leen? ¿De los hoteles lujosísimos y los amaneceres de almanaque que tienen la “fortuna gracias a Dios” de disfrutar? ¿De sus “estados de ánimo” cada hora porque “hay que ser felices porque sí” y “porque cada día es como el último” y toda la colección de frases pendejas de autoayuda que la gente repite diariamente? Y también, obvio, de los hijos. Y de las familias felices que solo suelen serlo en las redes. Porque el mundo en Internet, el del Photoshop y los filtros y las caritas de conejo y de perrito es sobre todo un mundo feliz. Y las mujeres y también los hombres se convierten, como por arte de magia, en sus fantasías. Ellas son más flacas, con menos arrugas, con los ojos más grandes, la nariz más respingada y con curvas perfectas de tanto ejercicio. Hasta recién levantadas se ven bien. Ellos son más flacos y marcados, tienen grandes bíceps y tríceps y la piel bronceada. También manejan carros de Hollywood. Nos hemos convertido en un producto comercial del que se benefician otros.
Por supuesto que Facebook tiene parte de la culpa en la manipulación de los datos de millones de sus usuarios. Hace bien Zuckerberg en reconocerlo y en prometer unos cambios que harán más difícil que esos datos se filtren para el uso, por ejemplo, de campañas políticas. Pero que nadie se equivoque: esos datos seguirán compartiéndose porque ese es el negocio. Mientras tanto, antes de tantas pataletas, habría que preguntarse, con la mano en el corazón, ¿a quién le importa la privacidad? ¿Le importa a usted la suya?
