El Caminante

Somos datos

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Si acabamos con el juego, matamos el arte, que es el gran juego por excelencia, y si matamos el arte, asesinamos la vida y nos convertimos en simples máquinas llenas de tornillos, que son practicidad, instrucciones, que son prohibiciones, reglas, normas, leyes y producción de datos. Si acabamos con el juego, le clavamos un cuchillo para siempre a la imaginación, y pasaremos de imaginar a ver, simplemente a ver la realidad y a tasarla en números, en datos, y a padecerla, porque digan lo que digan, hoy la realidad es crudeza y crueldad, competencia, eliminar al otro para siempre, “palo, puño y bofetada”, como decía Rubén Blades, producir, medir y ser medidos, y nosotros somos responsables de esa realidad. Porque la creamos, la forjamos, la multiplicamos y si no, la adoptamos y la permitimos.

En esa realidad, permitimos que un gato dejara de ser Un gato, para ser parte de un número de gatos de tal o cual color. Y un perro dejó de ser Un perro, y el ser humano dejó de ser único, irrepetible, para transformarse en una estadística, y gracias a esa estadística, producir más. Perdimos la libertad por la que dieron la vida tantos y tantos. La fuimos manchando con reglas, leyes, incisos, y por supuesto, con datos amparados en estudios imposibles de comprobar. Un verso, “Para la libertad, sangro, lucho pervivo”, por ejemplo, dejó de ser valioso por sí mismo, para volverse importante en la medida en que tenga o no clicks. La libertad se volvió una palabra que vende o que no vende, que arrastra y que marca en los algoritmos, y perdió todo su sentido de tanto repetirla. Nos creemos libres porque nos dicen que somos libres, no porque lo seamos. Y los poetas apenas son otra estadística.

La cultura de los datos, la moda de los datos, nos llevaron a crear categorías absurdas, como la música de datos, el deporte según los datos y el periodismo de datos, como una novedosa exclusividad. Por los datos, decidimos nuestras acciones. Elegimos por datos. Nos vestimos por datos. Tomamos lo que los datos nos dicen, y leemos lo que los datos nos venden, y somos tan ingenuos en medio de todo, que creemos que esos datos son ciertos. Ni siquiera dudamos de la veracidad que arrojan los dioses de los algoritmos, y no dudamos, porque en el fondo creemos más en los disfraces de lo que sea, que en lo que es. Y para rematar nuestros nuevos comportamientos robóticos, nos “enamoramos” según los likes, que es decir, según los datos, que es decir, según los nuevos parámetros de “lo valioso”, y si jugamos, ya no lo hacemos por jugar y por el riesgo y la emoción, sino por ganar de cualquier modo, siempre en busca de más datos.

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