Por: Juan Manuel Ospina

La cultura entre la economía naranja y la creación

Hablar hoy en el país de la llamada economía naranja es la manera más segura para escuchar un mal chiste que busca descalificarla sin analizarla, una nefasta práctica que en buena medida se ha impuesto entre nosotros.

La idea de esa economía no es nueva en Colombia ni es una invención criolla. Surge en el seno de las llamadas industrias culturales que, gracias a desarrollos tecnológicos, facilitaron y generalizaron la reproducción a escala industrial de mucha de la creación cultural y dieron inicio a la potente industria del entretenimiento que en el mundo mueve billones.

Primero fue la palabra escrita, luego fueron las imágenes de la pintura y la fotografía, y ese monstruo magnífico del siglo XX, el cine, y fue la reproducción de la voz, a caballo de los desarrollos fonográficos que no se detienen, y las artes escénicas y de interpretación directa que salieron de las salas de los palacios y las casas burguesas para llegar a los teatros y hoy a los megaconciertos, que en el mundo convocan a multitudes para escuchar tanto a las grandes voces líricas como a los inmortales del rock y a los reguetoneros del momento. No se limita a los miles que disfrutan los conciertos de cuerpo presente sino a los millones que lo hacen por la TV o “los bajan” de YouTube; pero no es solo música, también conferencias y debates democratizados al ampliarse al infinito su capacidad de llegar a más personas, a públicos de demandantes o consumidores de esa producción o creación espiritual. Es el mundo de la producción de artesanías y del aprovechamiento económico de los patrimonios culturales y naturales a través de un turismo masificado.

El tema es por consiguiente un asunto serio y trascendental en el mundo y en la economía de hoy, con las posibilidades y amenazas que todo cambio implica, sobre todo cuando es de una magnitud grande y realizado en un escenario globalizado que se sustenta en la creciente mercantilización del conjunto de los bienes disponibles, incluidos los culturales.

Al analizar el tema es fundamental diferenciar claramente la creación en sí del producto de esa creación, que es un acto único e irrepetible nacido de la acción y la capacidad del espíritu humano. Son productos culturales que bajo ciertas condiciones pueden ser reproducidos por métodos artesanales o industriales. Sin embargo, y este es un punto delicado que admite controversia, no todo bien o producción cultural está llamado a convertirse en una mercancía que se transa libremente en los correspondientes mercados nacionales o internacionales. Los Estados, en el marco de sus políticas culturales y de sus características propias, pueden reglamentar y limitar ese tráfico; un caso claro es la protección a la cinematografía europea, especialmente francesa, de la “invasión por Hollywood” de su espacio cultural.

Entre nosotros sería la protección de aquellas producciones y prácticas culturales de los pueblos originarios que para ellos son de especial significación en términos de su identidad y de su estructura como pueblos, así como de los bienes naturales cuyo aprovechamiento masivo, bajo el ropaje del etnoturismo y del turismo de la naturaleza, acaba con el patrimonio cultural de los pueblos originarios y con el patrimonio natural de todos los colombianos. Un futuro destructivo y triste que no le conviene a este país.

Adendum. Quisiera compartir con ustedes, mis lectores, mi libro Economía para no economistas. Como su título lo dice, se trata de un esfuerzo para comprender un tema que atraviesa las vidas personales y sociales, y que a la larga es menos críptico de como es presentado usualmente. Ya está en librerías.

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