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En el Foro Económico Mundial de Oslo se presentaron claras descripciones sobre las enormes desigualdades de ingresos: 2.153 personas tuvieron en sus manos más dinero en el 2019 que los 4.600 millones de personas más pobres. Sin duda, el mundo evoluciona con diferencias de ingresos en las que la felicidad de los que tienen más no compensa las penurias de los que tienen menos. La reducción de las desigualdades significaría un avance social que favorecería a todos.
Lamentablemente, no se ha avanzado en establecer las causas concretas de la distribución del ingreso, en parte porque se presume que las economías evolucionan satisfactoriamente. De ninguna manera se trata de un flagelo que se manifiesta en todas las naciones de forma igual. El deterioro de la distribución del ingreso entre 1980 y 2020 no se dio en Europa y el sureste asiático y se presentó en forma drástica en América Latina.
Los estudios de Oslo y los organismos internacionales presentan la información global, pero no profundizan sobre los orígenes ni las condiciones de los países. La distribución del ingreso aparece como una epidemia que se extiende como pólvora. No se reconocen su estrecha relación con las características de las naciones y la organización institucional. Europa contrarrestó el deterioro con la política fiscal, y los países del sureste asiático con la estructura comercial y sectorial. En contraste, América Latina fue arrollada por la ineficacia de las políticas fiscales y la estructura productiva dominada por los servicios y los recursos naturales.
Después de dos siglos, no se ha avanzado en una teoría comprensiva de la distribución del ingreso sustentada en fundamentos científicos. Se persiste en la concepción clásica de que el mercado conduce a la máxima producción, y el crecimiento y la equidad son independientes.
En el libro Teorías de crecimiento y la distribución del ingreso para una nueva era, que ya está en las librerías y presentaré en la Academia de Ciencias Económicas en febrero, se sostiene que la causa del deterioro de la distribución del ingreso está en factores estructurales que se precisan a lo largo de la obra, entre ellos la organización del crecimiento impulsada por el libre mercado.
El mercado y la competencia no conducen a la máxima producción e inciden en forma negativa sobre la distribución del ingreso. El crecimiento y la equidad están en claro conflicto y se relacionan por múltiples aspectos.
América Latina no podrá revertir las tendencias a la inequidad mientras no se avance en un modelo que concilie los dos propósitos con un amplio número de instrumentos. A la luz de las experiencias comparadas recientes que se encuentran en los coeficientes de Gini, se podría lograr con una política de transferencias fiscales que garantice una participación de los sectores pobres en los ingresos tributarios igual al de la población, la modificación de la estructura comercial y sectorial hacia las actividades de mayor demanda y productividad del trabajo, la elevación del ahorro y la reformulación de las políticas monetarias y salariales.
El libro avanza en una teoría de las causas de la distribución del ingreso y de sus vínculos con el crecimiento. Adicionalmente, configura un modelo de instrumentos y objetivos que concilia los dos propósitos de elevar el crecimiento y mejorar la distribución del ingreso. En general, se encuentra que la economía organizada dentro de concepciones de desequilibrio y deficiencias estructurales está en condiciones de reducir en forma drástica las desigualdades de Colombia y América Latina.
