Sombrero de mago

La dictadura se dejó venir

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Lo obvio es que se trata de un gobierno enemigo del pueblo. Es una perogrullada, y aunque se sepa hasta la saciedad, hay que repetirla, señoras y señores. Es un gobierno simpatiquísimo con banqueros y otros barrigones opulentos, y despótico con los lombricientos y despojados, incluidos en el catálogo cuasi infinito de miserables los tontarrones que votaron por el verdugo. Tras la detención domiciliaria (o “latifundaria”) de Uribe, lo que se ha visto con suma claridad son las ganas inmensas de las marionetas de este de irse “con toda” contra el estado de derecho y concentrar el poder en el ejecutivo.

El fantoche de turno, el mismito que “dijo Uribe”, no solo viola él mismo — tan agachado y servil— la soberanía del país al permitir ingreso de tropas extranjeras de un modo inconstitucional, sino que la emprende contra los pocos trabajadores que en el paisito sobreviven. Y los vapulea. Y los pone a sufrir sin la esperanza de pensión, sin seguridad social, pauperizados cada vez más, precarizados. Vueltos un zoco de escoba. Ninguneados por una reforma laboral pandémica y oportunista.

Qué es este terruño, señoras y señores, donde se ha incrementado el asesinato de jóvenes, tal vez en un eco monstruoso de aquella propaganda negra de decir de parte de los adoradores del detenido de que se trata de una avanzada juvenil de las “nuevas Farc”. Los mismos que se han opuesto a los acuerdos de paz ponen en la mira del fuego a la muchachada. Y renuevan su aliento al paramilitarismo, y por eso, además, redactan mal una solicitud de extradición de un exjefe paraco que a lo mejor pueda cantar hasta arias de Verdi.

Y en esa “guerra sucia”, aupada por el gobierno, que a su vez cuenta entre sus filas con testaferros disfrazados de periodistas (o con unos desvergonzados y desvergonzadas que denigran de los principios de ese oficio que algunos, en un arranque lírico, han calificado como el más bello del mundo), la Corte Suprema de Justicia, y en particular algunos magistrados, han recibido toda clase de improperios por ejercer a cabalidad su saber jurídico e independencia.

Qué clase de país es este en el que desde el gobierno se desprecia a miles de niños desnutridos, que con la pandemia han quedado más expuestos a las hambrunas, y, sin ningún sonrojo, se destinan millonadas para amparar a Avianca, empresa extranjera y quebrada, que no paga impuestos en Colombia, en un acto que uno no sabe si se trata de un atropello contra los más necesitados o una demostración de que el presidente puede hacer lo que le venga en gana.

Hay, a la peor usanza fascista y hitleriana, una campaña de desprestigio al movimiento popular, al magisterio, a los que alzan la voz contra las injusticias, a los que gritan con altivez que no están de acuerdo con un papanatas como el que dicta órdenes desaforadas contra el bienestar colectivo y se postra ante las solicitudes e intereses foráneos. Y en esos mecanismos de la propaganda inmunda, en las que participan Duque y sus conmilitones, y los hijos del expresidente apresado, y oficinas extranjeras encargadas del trabajo sucio, están también los comunicados seudoliterarios de la esposa de quien es más conocido por sus alias que por sus cargos y “excargos”. Se supo de sus demandas para quedarse con terrenos del Estado.

Qué es esto, cuando ni siquiera al país ni a los maniobreros que lo consideran su feudo particular se les puede aplicar la clásica expresión del gatopardismo, tan bien elaborada en la novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa: “que todo cambie para que todo siga igual”. Aquí todo ha empeorado y, en esencia, nada ha cambiado desde hace años. Los mismos con las mismas han reinado a sus anchas en estas tierras de masacres, conculcación de derechos laborales y desprecio oficial por los descamisados.

Dentro de las tenebrosidades (o esa oscuridad que quiere infundir miedo para que los humillados no eleven la voz) está claro que hay una intencionalidad funesta de parte de las minorías en el poder: una emboscada contra el estado de derecho, un ataque a mansalva contra la protesta popular, contra el derecho al desacuerdo, contra las amplias capas de gente que han sufrido todas las calamidades. Ya están agazapados en los puestos clave. Y pueden hacer lo que la insidia les dicte.

¿Qué es esto?, señoras y señores. Ni más ni menos que la armazón de una republiqueta burlesca, con príncipes o emperadorcitos (aunque por ahora estén “encanados” en un latifundio que hace recordar el relato de Tolstoi: ¿Cuánta tierra necesita un hombre?), con escuderos apostados en la fiscalía, la contraloría, la defensoría del pueblo, la procuraduría. Aparatos de bolsillo del señor feudal y su vasallo mayor.

Asistimos a una deplorable opereta de la antidemocracia, la estigmatización (cuando no eliminación) del opositor y, como van las cosas, del exterminio de la libertad de pensamiento. ¡Qué es esto! Una dictadura.

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